Volvemos a Murcia (III) Jumilla, Calasparra y Caravaca

El último día que íbamos a pasar en Murcia queríamos visitar Jumilla, la cueva del Puerto, Calasparra y Caravaca de la Cruz.

Empezamos por Jumilla y su castillo. Desde la oficina de turismo sale un autobús que por 1€ te lleva al castillo y así te ahorras la subida, que no se puede hacer en coche. El autobús sale a las: 10:00, 11:00, 12:00 y 13:00.





Importante: Sólo se puede visitar el castillo los sábados, domingos y festivos.
Es una fortificación restaurada, pero bien hecha. No se nota tanto como otros castillos que hemos visto. Aunque sus orígenes son muy antiguos, en 1461 el marqués de Villena mandó construir esta fortaleza tal y como la vemos hoy: con tres pisos, sótano y terraza.
No me decepcionó.

Desde Jumilla nos dirigimos a Calasparra. La verdadera joya de la visita. Famoso por su arroz, el municipio en sí no tiene mucho que ver, pero a 6km se encuentra el Santuario Virgen de la Esperanza.  En un cerro, rodeado de naturaleza y totalmente integrado en la montaña.

Según el folleto que nos dieron:

Cuenta la leyenda que un pastor que guardaba su ganado en esas cuevas, excavadas sin duda por las aguas del río encontró la imagen de la Virgen "La Pequeñica", seguramente olvidada por algún caballero cristiano. El pastor comunicó su valioso hallazgo a las autoridades eclesiásticas y civiles de Calasparra que con los habitantes del pueblo vinieron alborozadas y quisieron llevarse la imagen para ser venerada por el pueblo. Dice la leyenda, que la Virgen se hizo tan pesada para su tamaño, que todos comprendieron que era aquí donde deseaba ser venerada. Decidieron, por tanto, acondicionarla. El por qué y cuándo se le adosó a la virgen de la Esperanza (la grande) la "pequeñica" (la aparecida) no se sabe con exactitud. Si conocemos que el año 1.786 ya se veneraban juntas y que en 1.840, fue nombrada la Virgen de la Esperanza Patrona de Calasparra.









 Hay mucho aparcamiento gratuito en la entrada. Tras aparcar nos encontramos con una zona ajardinada con muchos bancos y un arco de piedra con el nombre del lugar.

La ermita es preciosa, toda en piedra, no deja de ser una cueva. En un apartado anexo hay una tienda de recuerdos y se puede subir al camarín y a la sala de ofrendas, con multitud de ellas.

En la zona de jardines hay un restaurante muy barato, que estaba hasta el palillo de gente. El personal es súper amable. Si preferís ir a vuestra bola, debajo del restaurante hay una zona de barbacoas junto al río.

Después de comer nos fuimos a ver el Cañón de los Almadenes, por hacer hora, ya que teníamos la visita a la cueva del Puerto reservada para las 5.



 Y allí me llevé la segunda desilusión del viaje. Llegamos al aparcamiento de la cueva y no hay nadie. Subimos una pendiente de la hostia y sigue sin haber nadie. Todo desierto, la cafetería: desmantelada, una pena.  A las 5’15 vemos aparecer una camioneta. Bajamos toda la cuesta y le decimos al conductor que teníamos visita reservada a la cueva con empresa que lo lleva: Qalat aventura. Yo había mandado un email para reservar fecha y hora y me respondieron confirmándomelo.

El tío nos dijo que la cueva no se abría para dos personas, que mínimo 10. En la web no pone nada de eso, además, en el email les especifiqué que íbamos a ser dos y nos lo confirmaron todo.

El tío se negó a abrir, ni se bajó de la furgoneta. Todo el rato con el wasap liao y ni levantaba la cabeza del móvil. Indignados nos fuimos. Al llegar a casa les mandé un email a la empresa quejándonos, y nos respondieron que la reserva claro que estaba confirmada, que no entendían lo que había pasado pero que ya le habían echado la bronca al guía. Pues vaya asco de empresa: os lo digo en serio, no la recomiendo para nada. No la contrataría en la vida.

Por culpa de haber tenido que esperar tanto con el asco de cueva, llegamos a Caravaca a las tantas. Ya no estaba abierto nada, así que lo vimos todo por fuera. El consuelo fue que estaban en la fiesta de Moros y Cristianos y había un ambientazo de la hostia.







Estuvimos viendo un rato el desfile, porque era larguísimo. Nos tomamos algo en los miles de puestos que había, todo el mundo estaba bebiendo y la mitad iban ya ciegos perdíos. Y compramos yemas de Caravaca. La singularidad de éstas es que están recubiertas de caramelo, mucho más empalagosas, pero ricas. Además, hay también de chocolate.

En el futuro habrá que volver a Caravaca para verla bien.



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