Japón - Día 3: Harajuku y Shibuya


Saliendo de yoyogi se encuentra el puente más famoso de Tokyo: Jingu-Bashi. Justo al lado de la estación de Harajuku. Aquí está la exhibición más grande cosplay, sobre todo, los fines de semana. Adolescentes disfrazadas de lolitas, maids, lolitas góticas, de anime… todas se ponen en el puente a posar por el simple placer de que les hagan fotos.

Adentrándome en Takeshita-dori seguí viendo ejemplos de cosplay. Ahora sí, al más puro estilo Tokyo. Bullicio por todos lados, andábamos en hileras, en filas, nadie se salía de la fila de uno en uno. Si querías ver una tienda de la calle de en frente, chungo, era imposible salir de aquel improvisado orden. Así que, pacientemente, recorrí la calle parándome de vez en cuando para comer algo en los puestecillos de takoyakis y mil y un productos.

Harta de ir en fila y de ver tiendas de estilo punk, peluches, y lolitas, salí  hacia Shibuya. 

Visitando Shibuya

Aquí los grandes almacenes son los protagonistas, eso y la gente, gente y más gente por todos lados. Por eso el cruce de Shibuya es el más transitado del mundo. Rodeado de edificios con los famosos anuncios y pantallas de televisión gigantes al más estilo Blade Runner, el cruce hace honor a su fama. El barrio cuenta con más de un millón de habitantes.




Había visto en documentales y en guías de viaje que lo más famoso era quedar en la estatua de Hachiko, un perro que iba a la estación todos los días a que volviera su dueño, un profesor de la universidad. El profesor murió en 1925 pero el perro seguía yendo a esperarlo todos los días hasta que también murió diez años después. Por su fidelidad los japoneses le hicieron esta estatua. Pregunté por lo menos a diez personas dónde estaba la estatua tan famosa, pero nadie la conocía. Al final llegué por azar. Era tan pequeña que la gente la tapaba.

Busqué entre tanta tienda la famosa colina de Love Hotels, recorriendo la calle Cuesta España (sí, su pasión por España es enorme). De todo el bullicio de las calles principales esta colina está en la más absoluta tranquilidad, llena de estos hoteles discretos que cobran por horas, no se escucha ni un alma. Saciada la curiosidad por el sitio volví a disfrutar de las compras y a refugiarme del calor pegajoso de Tokyo en unos grandes almacenes.






Vuelta a casita usando la estación de Shibuya hasta Ueno, y desde allí andando hacia el hotel, no sin antes hacer una parada, que se convirtió ya en tradición, en el Mcdonalds que estaba a medio camino, para reponer fuerzas con un batido. Era una de las pocas veces que podíadisfrutar de leche, porque estaba tan cara que ni por asomo. Repuetas las fuerzas ya sólo me quedaba un kilómetro para llegar al hotel y descansar.

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