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Conducir en Corea - Cómo usar un GPS coreano

Como sabes, en Corea del Sur los GPS no funcionan como en otras partes del mundo. Aquí se necesitan tener los números de teléfono asociados a esos lugares para poder meterlos en el GPS y que nos lleve directamente a ellos. Si no, no funcionan. 


Cómo usar el GPS en Corea

1. En la pantalla principal, pulsa  길찾기 (Introducir dirección)

2. Pulsa en el icono del teléfono 전화번호검색  (Buscar número de teléfono).

3. Marca el número de teléfono de tu destino: aquí tienes algunos números de los lugares más turísticos de Gyeongju, Busan y Jeju. Es muy importante que introduzcas primero el código de área.

4. Confirma los datos 바로탐색 (Navegación rápida)

5. Espera a que se cargue la ruta y pulsa 안내시작 (Start)



Ten cuidado con los GPS de los coches de alquiler coreanos. Muchas veces escucharás una voz estridente, que habla muy rápido, y que dividirá la pantalla en dos: una en la que sigue apareciendo tu mapa, y otra para anunciarte establecimientos que están cerca del lugar por donde estás pasando. Están obsesionados con la publicidad



Día 8: Corea – La noche en la que acabé en un Love Hotel coreano





A la mañana siguiente tenía que tomar un vuelo muy temprano en el Aeropuerto Internacional de Gimhae. Bajé a la recepción de mi hotel y el hijo del dueño me atendió con una gran desgana. Le pedí que si me podía reservar un taxi para las 4’30 – 5’00 de la mañana, porque desde las aplicaciones del móvil me pedían registrarme y los datos de la tarjeta de crédito y no quería darme de alta en ninguna de estas empresas coreanas. El chico bostezó e hizo como que no me entendía (por la mañana había hablado perfecto inglés conmigo). Seguí insistiendo y me dijo que no podía hacer nada porque los taxis no funcionaban tan temprano.

Tan decepcionada me quedé que me puse a dar vueltas por las cercanías de Busan Station a ver si veía algún taxi y lo reservaba in situ. Pero, al ser tan tarde, no pasó ninguno.

Aún estaba a tiempo, así que cogí todas mis cosas, hice el check out y me fui en el último metro al aeropuerto. Pensé que sería mejor pasar unas cuantas horas de noche en el aeropuerto, que arriesgarme a que no pasara ningún taxi a esa hora y perder mi vuelo.

En el metro todos parecían zombies enganchados a una pantalla.


Llegué al aeropuerto y me senté en el hall. Al poco rato, un guardia vino y nos echó a todos los que estábamos allí. Nos quedamos en la puerta y los taxis empezaron a acercarse insistiendo en que nos llevaban al centro. Justo de donde yo venía.

Muchos de los que habían estado en el hall conmigo acabaron cogiendo un taxi y unos cuantos nos quedamos pensando qué hacer. De repente, la luz de la entrada del aeropuerto se apagó y sólo se quedaron encendidas las farolas. Un taxista que sabía inglés vino y me dijo que… ¡el aeropuerto cerraba por la noche! Era la primera vez que veía un aeropuerto tan importante que cerrara de noche. Me aconsejó que me fuera de allí en cuanto pudiera y me señaló dos coches de policía que acababan de venir y que estaban patrullando la zona. Recordé mi mala experiencia con la policía de Moscú y me acojoné. 

Le conté el problema que tenía y se comprometió, por un módico precio, a llevarme a un hotel cercano y a regresar a por mí a las 5’00 para llevarme al aeropuerto de nuevo.

No tenía otra opción. De reojo miré de nuevo a los coches de policía y me metí en el taxi. Acordé con el taxista que le pagaría la mitad de lo que me había dicho y que la otra mitad se la daría a la mañana siguiente cuando me recogiera. Asintió y puso rumbo al hotel.

Acabé en un polígono. El taxista paró el coche en una pequeña casita llena de luces. ¡Bien! Había llegado a lo que en mi tierra parecería un puticlub.

Cómo son los Love Hotels Coreanos

Los Love Hotels empezaron a hacerse famosos en Japón por ser hoteles discretos, cuyas habitaciones se alquilaban por horas y en los que no había ningún contacto (ni siquiera visual) con el personal que allí trabajaba. Poco a poco se fueron extendiendo por otros países y Corea no iba a ser menos.

La principal característica de estos hoteles es su compromiso con la discreción. Muchas veces hay en el hall una máquina con fotos de las habitaciones y sus precios y se pagan allí mismo, sin que intervenga ningún personal. La máquina te da la llave de la habitación y subes sin ver a nadie. Están pensados para parejas que no quieren ser vistas entrando a un sitio así. Allí no hay putas. De hecho, allí no ves a nadie. 

Hay habitaciones normales y otras tematizadas. Las luces estridentes o discretas de neón lo inundan todo y suele haber un tocador con gomina, laca, pañuelos, cepillos… En la tele hay canales para adultos y se pueden alquilar películas.


Cuando llegué al hotel, el taxista me acompañó al interior al ver mi cara de asombro. Entramos y me quedé a cuadros. Estaba nada más y nada menos que… ¡en la casa de un loco obsesionado con Hello Kitty! Todo, absolutamente todo, estaba lleno de objetos de Hello Kitty: lámparas, paredes, cuadros, figuritas por doquier, un sofá... hasta el techo estaba decorado así. Y en medio de todo: máquinas de condones, de tangas, de pelis porno… Nada tenía sentido entre esa amalgama de cosas.

El taxista se acercó a recepción, que consistía en un mostrador con una ventana cuya persiana estaba echada. Tocó una campanilla riéndose y una voz de mujer muy amable sonó detrás. El taxista contestó y la persiana se subió. Pero la voz no era de una mujer, era de un hombre medio disfrazado de Hello Kitty. Esto ya estaba resultando surrealista total.

El hombre se puso a hablar con el taxista. Acordaron algo, éste se fue y el recepcionista hizo lo que pudo por hablarme en inglés. Que lo sentía mucho y que era una pena todo. Dando pequeños saltitos por el pasillo, me llevó al ascensor y me dio la tarjeta de mi habitación, insistiéndome en que me tenía que quitar los zapatos antes de entrar. Educación, ante todo.

A casi oscuras, a través de pasillos iluminados sólo con tenues luces azuladas y rojas, llegué a mi habitación. Me quité los zapatos y… ¡tachán! Me encontré con tres camitas coreanas en el suelo. ¡Tres! Y un pedazo de jacuzzi en el baño. Todo limpísimo. Ya hubiera querido yo que mi último hotel hubiera estado así.


Nada más cerrar la puerta, llamaron. Me asusté muchísimo. ¡Mira que si venía alguien más a dormir allí! Pero no, era el recepcionista. Vio que tenía los zapatos quitados y sonrió muy orgulloso. Me dijo, muy apurado, que lo perdonara porque se le había olvidado darme el set de la habitación. ¿?

El set de la habitación consistía en un neceser con una cuchilla de afeitar, cepillo y pasta de dientes, peine y toallitas íntimas. Ya me estaba partiendo de la risa.


Le pregunté que si iba a venir alguien más a la habitación y me miró muy sorprendido. No sé qué se pensó. Me dijo que no, pero que no tenía más habitaciones libres y, como lo mío era un asunto especial, me había hecho el favor de alquilarme esa.

Me despedí de él y me fui a dormir las tres horas que me quedaban ya para que fueran las 5’00 de la mañana.

Justo a esa hora, bajé a la puerta del hotel. Salí y no había nadie esperándome. Esperé y esperé y a las 5’30, desesperada, fui a recepción y empecé a aporrear el timbre. El taxista me había engañado. El recepcionista salió muy asustado. Se dio cuenta de lo que pasaba y empezó a dar vueltas por el pasillo, corriendo y saltando de un lado a otro mientras decía cosas en coreano. Le faltaban las alas, os lo juro, para salir volando. Yo ya no sabía si llorar o reírme con lo que estaba viendo.

Cuando se calmó (él estaba más nervioso que yo), cogió su móvil y me dijo que si me llamaba a un taxi. Le dije que sí y me dijo que lo esperara en la puerta, que iba a tardar 10 minutos. Salí a la puerta y, al poco rato, volvió a salir el recepcionista para enseñarme en el móvil por dónde venía el taxi, para que viera que él si era decente y que era verdad lo que me había dicho. Se despidió de mí con un efusivo movimiento de mano y se volvió al hotel pegando saltitos.

Al poco vino mi taxi, me llevó por fin al aeropuerto y me cobró muchísimo menos que lo que le debía al taxista que me había dejado tirada.

No perdí mi vuelo, pero fue una noche de locos y de risa.

Día 8: Corea – Visitando Haedong Yonggungsa, el Templo del Agua de Busan



Mi última mañana en Busan la dediqué a visitar uno de los templos más impresionantes de Corea del Sur y uno de los tres dedicados a la Diosa de la Misericordia: el Templo del Agua. Para ello, cogí el autobús 181 y le pregunté al conductor si paraba allí. Como es habitual en Corea, los conductores no entienden mucho inglés, pero buscan a alguien en el autobús que vaya donde tú vas o cerca y lo nombran tu guía. En este caso, resultó ser una muchacha que sabía inglés y que me indicó dónde me tenía que bajar. El viaje fue muy largo y es que Busan no es una ciudad manejable, debido a su extensión, y se pierde mucho tiempo viajando de un lado a otro.

Me bajé donde me dijo la chica y me fue guiando hasta la entrada del templo. Me dijo que ella también iba al mismo sitio porque iba a rezar para que le fuera bien en los estudios.

El Templo del agua se construyó en 1376 por el asesor del rey de la dinastía Goryeo, Naong Hwasang. Su popularidad es enorme y siempre está lleno de turistas y de peregrinos que acuden allí por la creencia de que quien va al templo y hace peticiones de corazón, tendrá sus deseos cumplidos. 

Desde la parada Yonggungsa Temple hay que caminar recto y luego girar a la izquierda en la primera calle que aparezca, siguiendo las señales. 

Pronto llegué a la entrada del complejo: una calle llena de puestos de comida callejera, con aspecto muy raro. Fue el sitio de Corea en el que más vi gusanos y otros bichos crudos listos para comer.




Después del mercadillo hay una calle llena de estatuas que representan los doce signos del zodiaco chino. Atravesando la avenida de las estatuas y la pagoda que hay detrás, llegué a la puerta del recinto del templo. 

Desde ahí, hay que ir bajando 108 escalones divididos en dos caminos. El camino de la izquierda lleva a un mirador y a una pequeña estatua de Buda, especialmente dedicada a los que van a pedir sus deseos relacionados con los estudios.



El otro camino lleva directamente al templo. Éste se organiza en torno al Santuario Principal Daeungjeon, que fue restaurado en 1970. Delante del santuario hay una magnífica pagoda custodiada por cuatro leones que simbolizan la rabia, la tristeza, la felicidad y la alegría. Al santuario se accede bajando unas escaleras hasta llegar a una minúscula cueva. El tesoro del templo se encuentra en el santuario principal, ya que en su interior se guardan siete huesos de Buda traídos por un monje desde Ceilán. 



Otra de las imágenes que más atractivo tiene para los budistas es el Buda Yacksayeorae, una estatua que lleva un gorro tradicional coreano (gat) y que dicen que cura las enfermedades.


La estatua de la Diosa de la Misericordia es la que preside el templo. Está en la parte alta y a ella se puede acceder subiendo otro tramo de escaleras. Cuando yo fui, estaban cerradas. 

A mí, además del paisaje junto al mar, lo que más me gustó fue ver la cantidad de Budas pequeñitos que hay distribuidos por todo el recinto. Son monísimos y están donde menos te lo esperas.


Los 108 escalones que llevan al templo representan los 108 sufrimientos budistas. Te darás cuenta de ellos, cuando te toque subirlos para iniciar el camino de vuelta. 




Al salir del templo vi asombrada que… ¡mi guía improvisada me estaba esperando! Se quería cerciorar de que cogía el autobús adecuado. Me llevó a la parada de autobús y se montó conmigo. Luego me dijo que teníamos que hacer transbordo, nos bajamos y nos montamos en otro y no se quedó tranquila hasta que llegamos a Busan Station. Hasta me acompañó a recargar la tarjeta T-Money. Sin duda, los coreanos son amables hasta el extremo.

El resto del día lo pasé yéndome de compras por Busan. Escapando del calor tórrido de agosto caminando por galerías comerciales subterráneas, como la enorme Seomyuun con sus 330 puestos, y visitando centros comerciales, como el de Lotte, con sus fuentes en los que se bebe agua con vasos de papel.



Poco sabía yo la frenética noche que me espera durante mis últimas horas en Busan.

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Día 7: Corea – Visitando el Barrio Chino de Busan y BIFF Square



Después de llegar de ver el Oryukdo Skywalk y de descansar en el hotel, fui a buscar un sitio para cenar en la cercana Chinatown. Está justo en frente de Busan Station. Su origen se remonta a 1884, cuando Busan comenzó a desarrollar relaciones comerciales con Shanghai y una pequeña comunidad china se estableció aquí, construyéndose una escuela china, casas residenciales y un consulado.


En las paredes a veces aparecen pinturas de personajes chinos famosos, como el novelista Samguk Ji.


A pesar de que la calle principal se llama Shanghai Street, yo me quedé algo decepcionada, pues lo que más encontré fue un montón de restaurantes rusos.  Los rusos que viven aquí son procedentes de Koryo-Saram, un territorio que se encontraba en la frontera de Corea con Rusia y que era controlado por la dinastía Gojoseon. Las reminiscencias de esto hicieron que existieran muchas personas de origen coreano viviendo en la zona de Vladivostok. Sin embargo, en la época de Stalin, se vieron como peligrosas y las señalaron como potenciales aliados del enemigo Japón, por lo que los obligaron a salir de allí y muchos acabaron en Corea.  

Por la noche, la zona toda iluminada, da un poco de miedo, parece más bien un barrio rojo.


Siguiendo toda la calle hacia delante, pronto llegué a los alrededores de Gulkje Market y a la zona de BIFF Square. Su nombre procede del Busan International Film Festival y hoy se ha convertido en una gran atracción turística.  La zona va desde Buyeong Theater en Nampo-dong, hasta Chungmu-dong y está dividida en Star Street y Festival Street. En el suelo se encuentran las huellas de estrellas de cine coreanas.






Por la noche hay muchísima gente paseando y comiendo en sus puestos callejeros. Lo más típico es comerse un Ssiat hotteok en uno de ellos y es que, desde que el cantante coreano Lee Seung-gi se pasó por aquí a por uno… su popularidad creció como la espuma. Esta especialidad consiste en una tortita coreana hecha de trigo, agua, leche, azúcar y levadura. Dentro se rellena con frutos secos y otros ingredientes. 



Aunque cuando yo fui, lo que estaban triunfando eran estos bocadillos de gofres. La cola para pedir era inmensa.


Lo que más me llamó la atención fueron los puestos de videntes a lo largo de la calle. 


Otra de las cosas llamativas (no sólo aquí, sino en toda Corea), es la manía de tirar la basura al suelo, en cualquier sitio, haciendo montones. No lo entenderé nunca.




Día 7: Corea – Senderismo por Igidae Park hasta el Oryukdo Skywalk de Busan



Desde Jalgachi Market, cogí el autobús hasta Igidae Park. Los conductores de autobuses coreanos son gente muy amable. Aunque no entiendan inglés, siempre intentan buscar a alguien en el autobús que vaya donde tú o cerca, y lo nombran tu guía personal. Esa persona estará pendiente de ti en todo momento para avisarte cuando tu parada esté cerca. En este autobús también me pasó lo mismo. Y en el que tomé al día siguiente para ir al Templo del Agua, igual.


El autobús me dejó en la parte baja de la montaña. Subí andando por la acera una gran cuesta que iba paralela a la carretera y sin una puñetera sombra. ¡Menos mal que tenía el mini-ventilador!


A la entrada del parque vi un mapa con la red de senderos y empecé a subir por el camino, que alternaba entre sendas y escaleras. Siempre cuesta arriba.


Mi idea era hacer el camino de la costa hasta llegar a Oryukdo Skywalk, pero me perdí. Os lo aseguro, los mapas que hay por allí no sirven para nada.



Al final llegué a una gran explanada llena de abuelos equipados como si se hubieran comprado toda la sección de senderismo del Decathlon: bastones, guantes, camisetas largas (con la que caía) para que no les diera el sol, botas de andar, mochilas con botellas de agua, sombreros… Más tarde me dijeron que este era un parque muy concurrido por los mayores para mantenerse en forma. Y, os lo aseguro, iban más rápido que yo.

Uno de ellos me vio tan perdida, que se acercó para ver a dónde quería ir. Le enseñé el nombre en coreano de Oryukdo Skywalk, que tenía apuntado en un folio y me dijo que lo siguiera. Y anduve y anduve… Me llevaba con la lengua fuera. Y cada dos por tres se paraba de sopetón, para indicarme que hiciera una foto en algún lugar. Tenía buen ojo este señor, porque los lugares que elegía eran muy hermosos. Sin quererlo, había contratado un guía gratis.


El señor me llevo por senderos alternativos. A veces se paraba, pensaba, se rascaba la cabeza y elegía el camino que parecía menos usado. Estaba guiándome por atajos. ¡Cuántas veces no habría venido por aquí con todo su equipamiento para conocerse la montaña al dedillo!

Pues sí, después de mucho andar, me señaló el Oryukdo Skywalk, que se veía justo debajo de donde nos encontrábamos. Se despidió de mí y, antes de que me quisiera dar cuenta, desapareció montaña arriba.

Este paraje se encuentra en el área de Seungdumal, en el punto divisorio entre el Mar del Este y el del Sur. Desde la plataforma, construida sobre un acantilado de 35 metros, se pueden disfrutar de unas vistas increíbles del mar, a través de su suelo transparente, y de la isla de Oryukdo.


Depende del día y de la marea Oryukdo Island parece estar formada por cinco o seis islas. Compuestas puramente de roca, cinco de ellas están deshabitadas.


La entrada al Skywalk es gratuita. Te ponen unos patucos para andar por los cristales y das la vuelta al camino marcado. Si tienes vértigo, abstente de caminar por él.



Delante hay una oficina de turismo en cuya planta baja hay una exposición sobre la zona. Allí me dijeron dónde tenía que coger el autobús de vuelta a Busan Station. Tardé más de una hora en llegar.