Día 8: Corea – La noche en la que acabé en un Love Hotel coreano





A la mañana siguiente tenía que tomar un vuelo muy temprano en el Aeropuerto Internacional de Gimhae. Bajé a la recepción de mi hotel y el hijo del dueño me atendió con una gran desgana. Le pedí que si me podía reservar un taxi para las 4’30 – 5’00 de la mañana, porque desde las aplicaciones del móvil me pedían registrarme y los datos de la tarjeta de crédito y no quería darme de alta en ninguna de estas empresas coreanas. El chico bostezó e hizo como que no me entendía (por la mañana había hablado perfecto inglés conmigo). Seguí insistiendo y me dijo que no podía hacer nada porque los taxis no funcionaban tan temprano.

Tan decepcionada me quedé que me puse a dar vueltas por las cercanías de Busan Station a ver si veía algún taxi y lo reservaba in situ. Pero, al ser tan tarde, no pasó ninguno.

Aún estaba a tiempo, así que cogí todas mis cosas, hice el check out y me fui en el último metro al aeropuerto. Pensé que sería mejor pasar unas cuantas horas de noche en el aeropuerto, que arriesgarme a que no pasara ningún taxi a esa hora y perder mi vuelo.

En el metro todos parecían zombies enganchados a una pantalla.


Llegué al aeropuerto y me senté en el hall. Al poco rato, un guardia vino y nos echó a todos los que estábamos allí. Nos quedamos en la puerta y los taxis empezaron a acercarse insistiendo en que nos llevaban al centro. Justo de donde yo venía.

Muchos de los que habían estado en el hall conmigo acabaron cogiendo un taxi y unos cuantos nos quedamos pensando qué hacer. De repente, la luz de la entrada del aeropuerto se apagó y sólo se quedaron encendidas las farolas. Un taxista que sabía inglés vino y me dijo que… ¡el aeropuerto cerraba por la noche! Era la primera vez que veía un aeropuerto tan importante que cerrara de noche. Me aconsejó que me fuera de allí en cuanto pudiera y me señaló dos coches de policía que acababan de venir y que estaban patrullando la zona. Recordé mi mala experiencia con la policía de Moscú y me acojoné. 

Le conté el problema que tenía y se comprometió, por un módico precio, a llevarme a un hotel cercano y a regresar a por mí a las 5’00 para llevarme al aeropuerto de nuevo.

No tenía otra opción. De reojo miré de nuevo a los coches de policía y me metí en el taxi. Acordé con el taxista que le pagaría la mitad de lo que me había dicho y que la otra mitad se la daría a la mañana siguiente cuando me recogiera. Asintió y puso rumbo al hotel.

Acabé en un polígono. El taxista paró el coche en una pequeña casita llena de luces. ¡Bien! Había llegado a lo que en mi tierra parecería un puticlub.

Cómo son los Love Hotels Coreanos

Los Love Hotels empezaron a hacerse famosos en Japón por ser hoteles discretos, cuyas habitaciones se alquilaban por horas y en los que no había ningún contacto (ni siquiera visual) con el personal que allí trabajaba. Poco a poco se fueron extendiendo por otros países y Corea no iba a ser menos.

La principal característica de estos hoteles es su compromiso con la discreción. Muchas veces hay en el hall una máquina con fotos de las habitaciones y sus precios y se pagan allí mismo, sin que intervenga ningún personal. La máquina te da la llave de la habitación y subes sin ver a nadie. Están pensados para parejas que no quieren ser vistas entrando a un sitio así. Allí no hay putas. De hecho, allí no ves a nadie. 

Hay habitaciones normales y otras tematizadas. Las luces estridentes o discretas de neón lo inundan todo y suele haber un tocador con gomina, laca, pañuelos, cepillos… En la tele hay canales para adultos y se pueden alquilar películas.


Cuando llegué al hotel, el taxista me acompañó al interior al ver mi cara de asombro. Entramos y me quedé a cuadros. Estaba nada más y nada menos que… ¡en la casa de un loco obsesionado con Hello Kitty! Todo, absolutamente todo, estaba lleno de objetos de Hello Kitty: lámparas, paredes, cuadros, figuritas por doquier, un sofá... hasta el techo estaba decorado así. Y en medio de todo: máquinas de condones, de tangas, de pelis porno… Nada tenía sentido entre esa amalgama de cosas.

El taxista se acercó a recepción, que consistía en un mostrador con una ventana cuya persiana estaba echada. Tocó una campanilla riéndose y una voz de mujer muy amable sonó detrás. El taxista contestó y la persiana se subió. Pero la voz no era de una mujer, era de un hombre medio disfrazado de Hello Kitty. Esto ya estaba resultando surrealista total.

El hombre se puso a hablar con el taxista. Acordaron algo, éste se fue y el recepcionista hizo lo que pudo por hablarme en inglés. Que lo sentía mucho y que era una pena todo. Dando pequeños saltitos por el pasillo, me llevó al ascensor y me dio la tarjeta de mi habitación, insistiéndome en que me tenía que quitar los zapatos antes de entrar. Educación, ante todo.

A casi oscuras, a través de pasillos iluminados sólo con tenues luces azuladas y rojas, llegué a mi habitación. Me quité los zapatos y… ¡tachán! Me encontré con tres camitas coreanas en el suelo. ¡Tres! Y un pedazo de jacuzzi en el baño. Todo limpísimo. Ya hubiera querido yo que mi último hotel hubiera estado así.


Nada más cerrar la puerta, llamaron. Me asusté muchísimo. ¡Mira que si venía alguien más a dormir allí! Pero no, era el recepcionista. Vio que tenía los zapatos quitados y sonrió muy orgulloso. Me dijo, muy apurado, que lo perdonara porque se le había olvidado darme el set de la habitación. ¿?

El set de la habitación consistía en un neceser con una cuchilla de afeitar, cepillo y pasta de dientes, peine y toallitas íntimas. Ya me estaba partiendo de la risa.


Le pregunté que si iba a venir alguien más a la habitación y me miró muy sorprendido. No sé qué se pensó. Me dijo que no, pero que no tenía más habitaciones libres y, como lo mío era un asunto especial, me había hecho el favor de alquilarme esa.

Me despedí de él y me fui a dormir las tres horas que me quedaban ya para que fueran las 5’00 de la mañana.

Justo a esa hora, bajé a la puerta del hotel. Salí y no había nadie esperándome. Esperé y esperé y a las 5’30, desesperada, fui a recepción y empecé a aporrear el timbre. El taxista me había engañado. El recepcionista salió muy asustado. Se dio cuenta de lo que pasaba y empezó a dar vueltas por el pasillo, corriendo y saltando de un lado a otro mientras decía cosas en coreano. Le faltaban las alas, os lo juro, para salir volando. Yo ya no sabía si llorar o reírme con lo que estaba viendo.

Cuando se calmó (él estaba más nervioso que yo), cogió su móvil y me dijo que si me llamaba a un taxi. Le dije que sí y me dijo que lo esperara en la puerta, que iba a tardar 10 minutos. Salí a la puerta y, al poco rato, volvió a salir el recepcionista para enseñarme en el móvil por dónde venía el taxi, para que viera que él si era decente y que era verdad lo que me había dicho. Se despidió de mí con un efusivo movimiento de mano y se volvió al hotel pegando saltitos.

Al poco vino mi taxi, me llevó por fin al aeropuerto y me cobró muchísimo menos que lo que le debía al taxista que me había dejado tirada.

No perdí mi vuelo, pero fue una noche de locos y de risa.

Compártelo

Entradas relacionadas