Día 10: Corea – Recorriendo la isla de Udo, una visita agridulce



Por la mañana temprano desayuné en el hostal y me fui en coche hasta Seongsan Port, donde se encuentra la terminal en la que se coge el ferry para ir a la isla de Udo.

Delante de la terminal de ferries hay un aparcamiento cubierto y otro al aire libre. Hay que pagar de todos modos y se paga por el día entero, cuando salgas del parking. Creo que me costó unos 5.000W.

En la terminal hay una cafetería, una oficina de turismo y aseos. Para comprar los tickets es necesario presentar el pasaporte y unos papeles que se rellenan allí mismo. Con el ticket en la mano, me fui al puerto y me subí al barco, que ya estaba allí. Había llegado justo a la hora de salida.


Me sorprendió mucho que dentro no hubiera asientos. Había una sala con aire acondicionado, que estaba cubierta de tatamis para que la gente se quitara los zapatos y se sentara en el suelo. Fuera hacía mucho calor y si te apoyabas en las barandillas, se te pegaba la pintura y se manchaba todo lo que apoyaras allí.


En unos 15 minutos llegamos al Puerto de Cheonjin. Allí me bajé y me dispuse a recorrer la isla. Mi idea era hacer el Udo Olle, un camino que recorre la isla y que tiene dos vertientes: una de 16 km y otro de 11 km. Me fue imposible. Hacía demasiado calor, demasiada humedad y no había ni una puñetera sombra.

Tan sólo llegué a una primera playa en la que había gente haciendo snorkel y barbacoas. El azul del mar era precioso y descansé un poco allí, metiendo los pies en el agua. La playa era muy poco profunda y podías andar mucho sin apenas mojarte las rodillas.


Como no paraba de ver motos y triciclos eléctricos dando vueltas por allí, volví al puerto e intenté alquilar uno. También me fue imposible. Probé en todos los puestos y todos me decían lo mismo. Si en el Carnet Internacional de Conducir no pone el sello expresamente en el hueco de motos, no se te alquila. Aunque sean motos eléctricas y pequeñas. Nada.

Mi última esperanza era comprar el ticket para el autobús turístico (5.000 W). Este ticket sirve para todo el día y te puedes bajar y subir las veces que quieras. Hay varios autobuses que dan vueltas por la isla y van haciendo paradas en los puntos más turísticos. Allí te bajas, ves lo que tengas que ver y esperas en la parada a que llegue el próximo. Hay cuatro paradas desde la que puedes caminar para ver las atracciones turísticas más interesantes:

Udobong Peak
Geommeolle Beach and Dongangyeonggul Cave
Hagosudong Beach and
Seobinbaeksa Beach.

Al principio la idea me contentó. Pero luego, no. Al montarme al inicio de línea, todo fue normal. Mi primera parada la hice cerca de la base del pico más alto de la isla: Udobong. Cerca de la parada de autobús había un camino lleno de puestos de bebidas, helados y souvenirs. Y unos aseos. Acabé comprándome una botella de zumo de mandarina con forma de un abuelo de Jeju, un dolharubang. Me salió bastante cara la botellita, el equivalente a 3€. Pero mereció la pena. Estaba buenísima.

Más adelante el camino se transformaba en un sendero en el que había caballos y que se bifurcaba, uno iba al faro y otro iba al pico del Udobong. No había mucha distancia. Así que, comencé a subir. Pero estaba todo húmedo y embarrado, por lo que se escurría mucho. Eso sí, las vistas eran una pasada, con Jeju en frente.  





De vuelta a la parada, cogí el autobús y llegué a la zona de Geommeolle (Keomeole) Beach. Allí había muchísima gente. Unas escaleras llevaban hasta una playa de arena negra rodeada por rocosos acantilados. Es el lugar donde se alquilan motos de agua y botes para llegar a la Cueva de Dog-An-Gyeong-Gul, en la que vivía una enorme ballena, según una leyenda local. Se puede entrar a la cueva cuando está la marea baja.




En la parte de arriba hay heladerías en las que venden los famosos helados de cacahuete de Udo, fruto que se cultiva allí.

Aquí ya estaba harta de autobús. Los autobuses turísticos pasan cada media hora por cada parada. La gente se arremolinaba en torno a ella y se desesperaba porque no venían. Todos esperando debajo de un sol tórrido. Cuando el autobús llegaba, la gente se mataba por subir porque no quería quedarse sin hueco y tener que estar esperando bajo el sol durante otra media hora.


Pero allí no había orden ninguno. Las abuelas chinas empujaban por doquier (si estás acostumbrados a este tipo de turistas, me entenderás), daban codazos y gritos y acababan siempre las primeras y cogiendo sitio para todos los que iban con ellas. El autobús no dejaba de meter a gente de pie, hasta que ya no cabía nadie más. Apretando todo lo que podía. Niños sentados en el suelo, gente empujándote… Es que ni en las curvas, ni en los baches, tenías miedo de caerte. Ibas tan apretado, que era imposible. Sólo quería salir de allí.

El resto de las excursiones fueron así. Acabé del autobús turístico hasta las narices. Y recordé para futuros viajes que siempre que vaya a comprar el Permiso Internacional de Conducir , tengo que pedir que me pongan el puñetero sellito también en el hueco de los ciclomotores.

Me fui de Udo con un sabor agridulce y antes de tiempo, porque yo esperaba echar muchas más horas allí. Pero en ese plan, no. En el coche, me fui a lo que veía desde el pico de Udobong: el cono volcánico de Seongsan Ilchulbong.  


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