Día 11: Argentina – Visitando la estación de esquí de Cerro Catedral



Media mañana la había perdido en tener que cambiarme de mi alojamiento de Playa Bonita al de Bariloche, porque no había encontrado un sitio donde pudiera estar cinco noches seguidas, ya que estaba todo lleno por las Vacaciones de Invierno.

Cuando dejé mis cosas en el hostal, cogí el autobús número 55 para ir a Cerro Catedral, la estación de esquí más grande del hemisferio sur. Como me monté en una de las primeras paradas, aún había sitio para sentarse. Después se fue montando gente y acabaron todos espachurrados y de pie. Mucha gente se quedó sin poder subirse.

El Cerro Catedral está a 19 km de Bariloche y el trayecto dura unos 40-50 minutos. Tiene una altura de 2.388 m y en él hay 120 kilómetros de pistas distribuidas en una superficie de 600 hectáreas. Su creación se remonta a la década de 1930, cuando se llevó a cabo la primera competencia deportiva.  


A día de hoy cuenta con 34 medios de elevación (entre aerosillas, cabinas y medios de arrastre) que permiten el ascenso a 36.000 personas por hora. Imagínate cómo estaba de colas un fin de semana de las Vacaciones de Invierno. Así que estaba Bariloche vacío…


Como no soy mucho de esquiar (sólo he hecho una vez y no tuve muy buena experiencia), mi idea era montarme en un telesilla para llegar a los miradores desde los que contemplar los lagos Nahuel Huapi y Gutiérrez, los Andes y el Cerro Tronador. Hice una fila enorme y, cuando me quedan tan sólo dos delante, los cierran por viento fuerte. 😒


Así que me di una vuelta por allí para ver lo que había. Al lado de la estación hay una zona de casitas dedicadas a los alojamientos hoteleros (Villa Catedral), discotecas, pubs y un casino. Lo comercial empieza donde está el Club Andino Bariloche.


A partir de ahí hay bastante tiendas de esquí y restaurantes. A la derecha, unas escalerillas llevan a la Plaza Vicente A. Robles, desde las que hay unas bonitas vistas.



En el centro de todo hay un gran centro comercial en el que guarecerte un rato del frío, Shopping Las Terrazas. Es bastante caro si lo comparamos con los precios de Bariloche. Después de tomarme algo allí, me fui a visitar tiendas y a ver un campeonato de volley nieve, que ya había que tener gana de andar en pantalones cortos por allí…



El viento cada vez estaba siendo más fuerte y la gente se estaba empezando a arremolinar frente a la parada del autobús. No perdí tiempo y me puse en la cola. En los dos primeros que vinieron no pude entrar. Tuve que esperar hasta que pasó un tercer autobús para ir de pie y espachurrada para volver a Bariloche.

En Bariloche estaban celebrando la Fiesta Nacional de la Nieve y estaba todo lleno de puestos de comida, incluida la española, que estaba representada por un puesto del País Vasco.




Día 10: Argentina – Un día visitando San Carlos de Bariloche



Después de mi viaje a la Colonia Suiza, el resto del día lo pasé en Bariloche. El autobús me dejó en la Plaza de las Ciudades Hermanas y desde allí comencé mi paseo. Aunque es la ciudad más visitada de toda la Patagonia, no había mucha gente porque la mayoría de los turistas llenan Bariloche por la tarde, cuando vuelven de sus excursiones. En invierno el lugar ofrece gran cantidad de actividades de nieve y viene muchísima gente a esquiar.

El centro de Bariloche es muy pequeño y de casitas bajas. La vida gira en torno a las calles Mitre y Moreno. Cuanto más de alejes de ellas, menos gente verás.



San Carlos de Bariloche oficialmente tiene unos 130 años. Su nombre deriva de la palabra mapuche vuriloche, que significa gente de atrás de la montaña. El primer argentino que llegó a la región, no pudo ser otro: el gran Perito Moreno.

Su centro actual es el fruto de la década de 1930, cuando el gobierno federal decidió impulsar el desarrollo en esta parte de la Patagonia y se construyen el Centro Cívico, la iglesia catedral y el Hotel Llao Llao, cuyo camino fue el primero asfaltado de la región. Ten en cuenta que hasta los años setenta, la ciudad no contaba con una carretera asfaltada que la uniera a Buenos Aires.

En la misma plaza donde me había bajado del autobús había una Feria Artesanal donde compré algunos souvenirs. Si te gustan este tipo de mercadillos, en Bariloche hay varios que abren todos los días.


Desde allí, recorrí la calle Moreno y aproveché para comer algo argentino en el restaurante La Alpina. Siguiendo la calle hacia delante, me dirigí hacia un pasaje cerrado en el que se encontraba la Agencia de Viajes Lippi, que me había recomendado mis amigos de la Colonia Suiza, por ser una de las más baratas de la ciudad. Como se habían chafado mis planes de ir a Villa Angostura y a San Martín de los Andes por el temporal, pregunté por otras opciones y acabé reservando una excursión para Isla Victoria y el Bosque de los Arrayanes.

Mi siguiente destino fue la calle Mitre, el paraíso de los golosos. Bariloche es famosa internacionalmente por su chocolate. Y toda esta calle está llena de chocolaterías cuyos productos dan a probar a los turistas que pasan a sus tiendas, compres o no. Acabas lleno. Fue entrando en las más famosas y acababa comprando algo en cada una de ellas. Si pensáis hacer turismo de chocolates, no esperéis a que sea tarde. Después, cuando la gente viene de sus excursiones, las colas son enormes y tardas mucho en comprar.




Me paré en Del Turista. Hoy tiene muchos locales, pero el primero se inauguró en esta misma calle de Bariloche. La tienda es enorme y tiene también un área dedicada sólo a la cafetería. Sus empleados llevan puestos unos originales uniformes.



Tras comprar (y degustar) bombones en Rapa Nui, El Reino de los Chocolates, Mamuschka, Chocolates Torres y Frantom Chocolates, entré en la Galería del Sol, una galería comercial bastante bonita llena de tiendas de souvenirs.


La calle Mitre acaba en el Centro Cívico cuyo conjunto está declarado Monumento Histórico Nacional. Alrededor de la plaza se encuentran la biblioteca, la municipalidad, la sala de exposiciones de El Correo, la policía, el Museo Patagónico y la aduana. Presidiendo la plaza, inspirada en el medievo centroeuropeo, está la estatua de del General Julio Argentino Roca, artífice de la conquista del Desierto y dos veces presidente de Argentina.



La torre ubicada sobre el edificio de la Municipalidad tiene un gran reloj que, cuando da las 12’00 y las 18’00, saca cuatro figuras: un indígena, un misionero, un conquistador y un labrador.


Después de una visita al Museo Patagónico, inicié mi camino hacia la Costanera. Justo en frente del Centro Cívico, bajando las escaleras, está el cartel con el nombre de la ciudad.

La costanera va paralela a la Avenida 12 de Octubre y separa la ciudad de Bariloche del lago Nahuel Huapi, un lago de origen glaciar enorme (557 km²). A finales del siglo XIX surgió la leyenda de Nahuelito, un supuesto monstruo que habita el lago, parecido a Nessie, sobreviviente de la época de los dinosaurios.



Los vientos eran tan fuertes, que las olas que había me recordaban al mar. Allí había correteando unos perretes, con un gran San Bernardo en medio. Éste se convirtió en el icono de la ciudad a mediados del siglo XX, y hay gente que se dedica a hacerte fotos con ellos por unos dólares. Actualmente esto está en proceso de regulación por las autoridades de la ciudad para garantizar la seguridad de los perretes.



Costanera hacia adelante está el antiguo Puerto San Carlos, utilizado en 1895 para comercializar productos con Chile a través del Paso Pérez Rosales.



Pronto llegué al edificio que más sobresale de la ciudad: la Iglesia Catedral Nuestra Señora del Nahuel Huapi. construida en 1946 es considerada Monumento Histórico Nacional. En su interior se pueden ver 45 vitrales con temas religiosos e históricos vinculados a la historia de la Patagonia. Las imágenes de este templo católico muestran las raíces indigenistas de la evangelización de la región. La entrada a la iglesia es gratuita.



Realizada en estilo gótico por el arquitecto Alejando Bustillo, su nombre recuerda a la virgen que acompañó al jesuita Mascardi en la primera misión evangelizadora por la zona, allá por el 1670.


La noche se me había echado encima. Así que volví al Centro Cívico, en el que estaban dando un concierto de Heavy Metal, cené algo en el Morfys y un dulce postre en Rapa Nui.






Día 10: Argentina – Mis problemas visitando la Colonia Suiza de Bariloche



En frente de mi alojamiento esperé para montarme en el autobús que llevaba a Colonia Suiza. Me monté en el primer autobús de la línea 10. Había muy poca gente en él, era aún de noche, y todos íbamos al mismo sitio.

Colonia Suiza es una aldea muy pequeñita que está a 25 kilómetros de la ciudad de San Carlos de Bariloche. Se encuentra situada al pie del cerro López y está llena de tiendas y restaurante. Además, desde allí parten muchos senderos, como los que llevan a la Laguna Negra o al refugio Jakob. Ambos intransitables cuando yo fui, debido al temporal.

Su historia se remonta a finales del siglo XIX, cuando lo hermanos Félix, Camilo y María Goye se asentaron en la zona. Provenían del cantón suizo de Valais. Habían atravesado los Andes y decidieron quedarse aquí, constituyendo lo que sería el primer asentamiento suizo en la Patagonia. Pronto le seguirían otros, como las familias Mermoud, Cretton, Felley, Jackard, Fotthoff, Lojda y Neu, gracias a la Ley Hogar de 1902.




Ellos mismos construyeron sus casas de madera, e incluso sus embarcaciones con las que transportaban mercancías por los lagos andinos. También construyeron una escuela y una capilla. Además de constructores eran buenos agricultores y recolectores de frutos con los que luego elaboraban dulces y conservas.





Hoy la colonia tiene 150 habitantes. Muchos son herederos de estas tradiciones y siguen construyendo de la misma manera y siendo excelentes reposteros.

Pero lo que hace famosa a esta aldea es un modo particular de cocinar: el curanto. Durante sus viajes a Chile, estos suizos conocieron el curanto chilote con mariscos, que luego empezaron a elaborar aquí con carnes y hortalizas.




Consiste en cavar un hoyo en el suelo, en el que se colocan piedras incandescentes dentro de una hoguera. Encima de las piedras se ponen hojas de maqui o nalca y, encima de éstas, se van disponiendo carnes y verduras: chorizos, cerdo, cordero, patatas, zanahorias… Todo se cubre con hojas y telas húmedas para preservar el calor. Después, la preparación se cubre con un montón de tierra, convirtiendo así a todo este arreglo en un horno de verdadera presión.

Problemas con los horarios en Colonia Suiza

Cuando llegó el autobús nos bajamos todos los que estábamos en él. Y nos quedamos todos igual de desamparados. Absolutamente todo estaba cerrado y no había ni un alma por allí.



De repente, una señora salió a recibirnos. Era la guardia que había en el puesto de Policía. Nos dijo que nos podíamos refugiar en su puesto para estar calentitos y charlar un rato con ella, porque fuera estaba nevando ya fuerte. Al menos hasta que estuviera abierta la primera cafetería.

Nos dijo que la gente se quejaba de los horarios de autobuses, pero que desde la Oficina de Turismo la cosa seguía sin cambiar. Animaban a la gente a venir a ver la Colonia, les decían los autobuses que tenían que coger, pero cuando venían todo estaba cerrado.


El problema principal es que sólo hay dos autobuses que lleguen a Colonia Suiza por la mañana. Uno sale a las 8’00 y llega allí a las 9’00 (el que habíamos cogido todos nosotros). En ese no puedes hacer nada porque todo está cerrado. Y el siguiente llega a las 14’20 y ya no puedes comer curanto porque es tarde y ya han acabado con todos los turistas que han venido en su propio coche o en excursiones organizadas.

Una decepción que nos llevamos todos. El curanto empieza a prepararse por la mañana, pero tarda mucho en hacerse. Nos dijeron que hasta las 14’00 no estaría listo. ¡Teníamos que esperar 5 horas en un pueblo de tres calles! Lo peor de todo es que el siguiente autobús que podíamos coger para volver a Bariloche salía a las 17’45. Es decir, que si queríamos curanto debíamos pasar allí casi 8 horas.


Un poco antes de las 10’00, la señora nos acompañó a la única cafetería que ya estaba abierta. Allí nos acogió la dueña y estuvimos más de una hora con un chocolate y unos dulces mientras fuera nevaba cada vez más.


Cuando paró un poco, nos dimos una vuelta por el poblado. Visitamos las pocas tiendas que estaban ya abiertas y cogimos el autobús de vuelta a las 12’00 y que para en la Cervecería Berlina.


Para colmo, en la página web oficial de la Tarjeta SUBE aparecía que en la colina había un punto de recarga. Mi tarjeta estaba ya en negativo, así que le pregunté a la guarda que dónde la podía recargar. Me dijo que lo anunciaron hacía un montón de años, pero que nunca vinieron a instalarlo. Genial. Menos mal que uno de mis compañeros de fatiga de ese día me dejó la suya. Al menos me sirvió para conocer a unos argentinos muy simpáticos.