Día 12: Argentina – Senderismo hacia el mirador del Cerro Llao Llao de Bariloche


Por la mañana cogí el autobús 20 para llegar al Hotel Llao Llao. Uno de los resorts más lujosos de Argentina, situado en una pequeña colina sobre la península Llao Llao, entre los lagos Nahuel Huapi y Moreno. Es una construcción de principios del siglo XX de estilo canadiense, realizada en madera, piedra y tejas normandas y que se considera Monumento Histórico Nacional. Se puede visitar por dentro poniéndote en contacto a través de su página web.


Villa Llao Llao fue fundada en 1937 a 25 km de San Carlos de Bariloche por Exequiel Bustillo, presidente de Parques nacionales y hermano del arquitecto Alejandro Bustillo, constructor del hotel Llao Llao, y hoy se encuentran unidas por una avenida costera que lleva el nombre del primer director de Parques Nacionales: Exequiel Bustillo.

Me bajé en la parada del hotel y caminé cuesta abajo hasta Puerto Pañuelo. Opté por ir por un camino que rodeaba un campo de golf y llegaba a la Capilla de San Eduardo, hecha por el arquitecto Alejandro Bustillo.




Prontó enlacé con la carretera y llegué a Puerto Pañuelo. Desde allí salen los barcos hacia isla Victoria, al Bosque de Arrayanes en la península de Quetrihue, y a Puerto Blest, lago Frías y Cascada los Cántaros.


Dejando el puerto a un lado, continué andando por la carretera hasta la Entrada al Parque Municipal Llao Llao. Allí, a mano izquierda, está el Cristo Verde y el puesto de información turística desde la que parten visitas guiadas al Sendero de los Arrayanes. La garita estaba cerrada, pero había un guardabosques por allí que me indicó donde estaba el inicio de la ruta al mirador del Cerro Llao Llao. Y fue muy claro: por ahí, no es.


Para iniciar este sendero hay que continuar por la misma carretera hasta que salga una señal de madera que indique el inicio de la ruta hacia Cerro Llao Llao y Villa Tacul.




Cuando llegué, ya pintaba mal. Al principio, sólo vi un poco de nieve y seguí caminando. Había algunos excursionistas más andando y eso me dio confianza. El sendero estaba señalizado e incluso indicaba el nombre las plantas que me encontraba.


Pero, al rato, todo cambió. El temporal que había arrasado Bariloche también había hecho mella en este monte. Para continuar mi camino tuve que saltar y trepar por troncos de árboles caídos, arrastrarme bajo ellos y escurrirme varias veces.


A veces el sendero se convertía en una verdadera laguna y era imposible saltar por ella. Gracias a varios excursionistas que nos juntamos por allí, hicimos un pequeño puentecito con palos e íbamos intentando cruzar sin mojarnos hasta las rodillas.


Otras veces, el camino se perdía en la nieve. No había nada señalizado y sólo nos hacía seguir el hecho de ver a otros excursionistas que venían ya de vuelta y que nos indicaban por dónde habían ido ellos.

Por fin llegamos a una bifurcación en la que se indicaba el ascenso al mirador. Una faena. Se escurría todo y el hielo no te dejaba andar bien. Pero ya que habíamos llegado hasta allí, nadie abandonó.


Nada más subir, el cartel no impresionaba mucho. No había nada que indicara dónde estábamos. Ni quitamiedos, ni indicaciones, ni nada. Tan sólo esto:


Allí, a la derecha, había una gran roca desde donde se podían observar unas vistas impresionantes. Había merecido la pena tanto esfuerzo.

Después de descansar un rato admirando el paisaje y comer, empecé a bajar la cuesta. Muchísimo más lento y difícil que la subida, con todo el hielo. Además, ya era consciente de lo alto que estaba eso…



En la bifurcación, seguí la señal que indicaba Villa Tacul. Mi idea era hacer el camino entero. Pero, tras unos cuarenta minutos andando sin encontrarme otra puñetera señal, me dio miedo perderme y que se me hiciera de noche en mitad de un bosque patagónico y sin cobertura.


Tardé un poco en encontrar el camino de vuelta. Ya no había nadie a quien preguntar. Cuando llegué a la parte del sendero que se había convertido en laguna, me alegré mucho, porque supe que iba por el buen camino.

Llegué de nuevo a la carretera y volví a Puerto Pañuelo para coger allí el autobús. Sin embargo, no había ninguna señal que indicara dónde paraba. Pregunté a un hombre que me encontré y me dijo que era en frente de la entrada al puerto. No había nada que lo indicara, pero media hora después, vino el bus.

Se me había hecho tardísimo. Lo que iba a ser en principio una ruta sencilla de unos 3’6 km hasta el mirador, se había convertido en un trekking duro en el que había echado medio día.

Mapas de las rutas por el Cerro Llao Llao




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