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Cosas raras y curiosas que me encontré en Japón II - Kurokawa Onsen y Takachiho


Mini esculturas de piedra escondidas por el bosque 

 Los nombres de los alojados en el hotel. Aquí la Protección de datos por lo visto no existe

 Camitas en el suelo que vienen a preparártelas por la tarde los encargados del hotel.
Hasta te mullen las almohadas


 Objetos extraños que me encontré en el hotel. Supongo que serán masajeadores...

 Baños con demasiados botones...

 En mitad de la calle: cajas de las que sale vapor para meter la cabeza y hacerte una limpieza de cara tú mismo. 

Asientos tradicionales. Cómodos no son...

Restaurantes donde se pescan los fideos.

Día 5: Kyushu – Visitando la Cascada de Nabegataki y su siniestro pueblo



Después de ver el cráter del volcán Aso, aún me quedaba algo de tiempo para devolver el coche de alquiler. Así que, decidí visitar la Nabegataki, a una hora de camino.

El paisaje volvió a cambiar radicalmente y me encontré atravesando grandes bosques mientras subía una gran montaña. Dejé atrás el centro de la ciudad de Oguni y tomé el desvío hacia la cascada. Tenía poco tiempo, porque iban a cerrar pronto.  Mi idea era dejar el coche en el parking que hay justo en frente, cruzar la carretera y entrar directamente en el complejo. Pero, no pudo ser.


Cuando me estaba aproximando al desvío, me pararon unos guardias y me indicaron que tenía que dejar el coche en el aparcamiento 2, que estaba casi vacío. El parking estaba delante de un edificio medio derruido, que daba bastante miedo y que parecía un antiguo instituto. En un edificio anexo, estaban los servicios y la parada de autobús. Resulta que el parking era gratis, pero el autobús que llevaba hasta la cascada no. Uno de los guardias insistió para que me montara, porque no me iba a dar tiempo a llegar. Pero, quería disfrutar del paseo. Además, que me imaginaba que el aparcamiento 1 estaba vacío, pero que estaban forzando a la gente a usar el autobús.

Empecé a andar por el arcén de una carretera, junto al río y grandes arrozales. Parecía un camino fantasma. No había nadie. Creí vislumbrar a lo lejos la figura de gente, pero… cuando me acerqué, vi que eran estatuas. Había maniquíes por todos lados. En las casas, en el río, en la calle…



Hasta había algunos muy siniestros, que parecía que te estaban acechando detrás de una planta...


Empecé a caminar más rápido mientras no me quitaba de la cabeza la película de “Soy leyenda”. Y en unos 20 minutos llegué a la taquilla de la cascada. Justo en frente estaba el parking y, tal y como me había imaginado, estaba vacío.


Pagué la entrada y comencé a bajar por unos escalones rodeados de grandes árboles. Abajo del todo está la cascada. Su formación se debió a la erupción del Monte Abe, cerca de la ciudad de Oguni. Cuando los ríos de magma se enfriaron y se endurecieron, apareció la cascada. Una capa sólida de lava se quedó en la parte de arriba y debajo, una blanda capa de barro. El barro se fue erosionando con el paso del tiempo y se creó la cueva que hay justo detrás de la cascada.



Se puede acceder a la cueva para tener mejores vistas de la cortina de agua que produce  ésta al caer. También se puede cruzar el río hacia el otro lado, saltando de roca en roca para tener una perspectiva distinta de este estupendo paisaje.



Durante la vuelta a la entrada, muchas parejas se dedican a buscar los corazones de piedra que hay escondidos a lo largo del camino. Dicen que, si encuentras los seis que hay, te traerán felicidad.


Yo no tuve tiempo de encontrarlos. Iba a empezar a anochecer rápido y no quería atravesar el siniestro poblado de las estatuas de noche. Así que emprendí mi camino de vuelta al aparcamiento.

Antes de volver a Aso a entregar el coche, paré en el enorme Mirador de Torupa, desde el que se pueden obtener unas vistas privilegiadas de todo el valle.



Entregué el coche, cené de nuevo en el restaurante Coffee Plaza East y pasé mi última noche en el hostal. A la mañana siguiente tenía que coger uno de los trenes de edición especial más queridos de Japón: el Aso Boy Train, que me llevaría a Beppu


➤ Precio del acceso a la Cascada de Nabegataki: 300 yenes

➤ Acceso en transporte público: a día de hoy sólo es posible llegar en tren hasta Yu Station y desde allí, coger un taxi que te lleve en 15 minutos a la cascada.

Mapa de la zona de Nabegatake Fall





Cómo llegar desde Kurokawa Onsen a Aso Station



Desde la parada de autobuses de Kurokawa Onsen, que está en la acera de en frente de donde se encuentra la parada de Kumamoto y Fukuoka, en el mismo sentido que la gasolinera, salen los autobuses que se dirigen a Aso Station

Hay dos autobuses diarios: uno a las 10:35 y otro a las 16:25. Son Kyushu Odan Bus, de la línea Kumamoto ➨ Beppu. 

Su precio es de 1200 yenes. Te recomiendo que te pongas en contacto con tu alojamiento en Kurokawa Onsen (a ser posible en japonés) para pedirles el favor de que llamen por teléfono a la compañía y te reserven el ticket con antelación. A mí me lo hizo el personal de Yumerindo Ryokan cuando llegué. Me lo aconsejaron porque este autobús se llenaba con facilidad (como así fue). 




11 cosas que ver y que hacer en Kurokawa Onsen - Kyushu



Kurokawa Onsen es un pequeño pueblecito termal en mitad de las montañas de Kumamoto, en la isla japonesa de Kyushu. Su principal atractivo son los onsen que hay repartidos por los ryokan de la zona, que ofrecen baños en aguas naturales a más de 40º, ricas en sulfuro y sodio, lo que hacen que sean extremadamente buenas para aliviar dolores y enfermedades como la hipertensión, la diabetes y el reumatismo. Hay varios tipos de baños: interiores, exteriores (rotenburo), semi-exteriores, en cuevas…

Pero Kurokawa Onsen es mucho más que ir de baño en baño. El pueblecito es precioso para disfrutar de la naturaleza y de cómo la arquitectura tradicional japonesa queda inmersa en ella. Aquí dejo algunas ideas para sacarle el máximo provecho a tu visita:

1. Probar distintos tipos de baños: en la oficina de turismo puedes comprar el Onsen-Hopping Pass, un pase que cuesta 1300 yenes y que te permite acceder a tres rotenburo a elegir de los veinte hoteles adheridos a la promoción. El pase consiste en un colgante de madera que después te puedes quedar de souvenir.


2. Disfrutar de la estancia en un ryokan: los ryokan son los hoteles tradicionales japoneses. Habitaciones tan amplias que parecen pisos, suelos de tatami, mesitas pequeñas, atención personalizada, futones para dormir en el suelo… Todo lo que te esperas típicamente del Japón antiguo, en un precioso alojamiento.


3. Probar el típico desayuno Kaiseki: la cocina Kaiseki se caracteriza por contener muchos platos pequeñitos en el que el detalle está cuidado al extremo para que visualmente la presentación sea perfecta. Los ingredientes que se utilizan son de temporada y de proximidad. Todo natural. Quizá un poco sorprendente para los paladares occidentales, pero si te gusta el pescado y probar cosas nuevas, no lo dudes.

booking.es

4. Pasear en yukata por sus calles: los ryokan ofrecen a sus clientes un yukata y unas chanclas seeta que pueden usar durante su estancia en el hotel y, también, para pasear por el pueblo. Las calles son preciosas y la tranquilidad junto al río lo inunda todo.


5. Comer los dulces típicos en su pastelería tradicional: el aroma que sale de la Patisserie Roku inunda el centro de Kurokawa Onsen. Su especialidad: Shuukuriimu (シュウクリーム), un bollo relleno de crema que puedes comprar recién hecho en su horno. Su precio son 220 yenes y merece mucho la pena.


6. Rezar en su templo: en Shimokawabata Dori hay un pequeño templo llamado Jizodon  (黒川地蔵尊). En él muchos visitantes cuelgan sus Onsen-Hopping Pass a modo de ema, para pedir buena suerte.


7. Hacerse una limpieza de cara en sus calles: una de las cosas más curiosas que te puedes encontrar en la calle es esta especie de caja en la que metes la cara para que te dé un baño de vapor. Totalmente recomendable.


8. Comer en un restaurante tradicional: Kurokawa Onsen está lleno de restaurantes de cocina tradicional en los que podrás disfrutar de los ingredientes de Kumamoto.


9. Darse un calentito baño de pies: hay baños de pies en varios lugares del pueblecito, para relajarte más aún.


10. Subir hasta Lovers Hill: existen tres rutas distintas que llevan a esta preciosa colina (Hitotsu-ya, Maruba y Warabi Nobori). Están todas señalizadas y se puede coger un mapa especializado en senderismo en la oficina de turismo. A esta espectacular colina también se la conoce como Hiranodai Plateau Viewing Point y desde allí se pueden ver los cinco picos de Aso (Nehanzo) que parecen un Buda acostado.

11. Reservar un baño privado: si te da pudor bañarte desnudo rodeado de japoneses también desnudos, en varios hoteles existe la posibilidad de reservar un baño sólo para ti y tu familia.


¿Por qué las aguas de Kurokawa Onsen son tan buenas?

En Kurokawa Onsen existen ocho tipos distintos de aguas termales:

💧 Tanjyunsen: con un PH 3-6 son recomendables para cualquier tipo de piel y alivian la fatiga y el insomnio.

💧 Tanjyunsen arukari-sei: un poco alcalinas y con un PH 7’5-8’5, se recomiendan para la limpieza de la piel.

💧 Aguas sulfurosas: con un olor característico y emanando nubes de vapor, son buenas para el acné y los problemas derivados de éste.

💧 Aguas con ácido carbónico: refrescantes, ayudan a aliviar las quemaduras y a curar las cicatrices.

💧 Aguas con cloruro de sodio y aguas con sulfatos: estos manantiales salinos ayudan a mantener el calor del cuerpo y la humedad.

💧 Aguas ferruginosas: buenas para tratar la anemia, los eccemas y el reumatismo.

💧 Aguas acídicas: con un PH 2-3 sirve como agentes antibacterianos y son buenas para tratar el pie de atleta y ciertas enfermedades cutáneas, aunque generalmente no son recomendables para las pieles sensibles.

Día 3: Kyushu – Intentando comer en Kurokawa Onsen, paraíso termal japonés




Cogí el autobús hacia Kurokawa Onsen en la Terminal de Autobuses de Hakata, Fukuoka. El billete lo había comprado tres días antes allí mismo y, menos mal, porque el autobús iba lleno de gente.

En menos de tres horas llegué a este pueblo termal de una belleza inimaginable. De hecho, está considerado como uno de los pueblos más bonitos de Japón.




Para llegar desde la parada de autobús hasta el hotel que había reservado bastaba con bajar una cuesta. Entré en el Ryokan Yumerindo y esperé en el descansillo hasta que vino alguien a atenderme. Pues es tradición que, si no te han dado permiso para entrar, no entres tú por tu cuenta. Te tienen que saludar e invitar.

Estuve esperando un rato y al poco tiempo vino una anciana a saludarme. Me quité los zapatos, me puse unas chanclas para clientes y entré en la recepción. Como mi habitación aún no estaba lista por ser demasiado temprano, le pedí permiso para dejar mi equipaje. La mujer no sabía inglés, pero se quedó muy aliviada cuando me defendí un poco con mi japonés andaluz. Tanto, que me dio un upgrade y acabé alojándome en una habitación enorme y con baño privado (la que yo había reservado era mucho más pequeña y con baño compartido). Además, me gestionó la reserva de billete para el autobús para Aso al día siguiente.

Me despedí de ella y me fui a recorrer el pueblo. El río termal, con agua a más de 40º, lo atraviesa dejando un paisaje con niebla proveniente del vapor que emana. Las calles parecen sacadas de una antigua película japonesa.






Paseé por ellas hasta llegar a una tienda de la que salía un rico aroma a dulce. Se trataba de la Pastelería Roku, un local donde elaboran los dulces artesanalmente y donde me compré una de las especialidades del pueblo: los Shuukuriimu (シュウクリーム).


Después de descansar un poco en uno de los baños de pies, llegó la hora de almorzar y me dirigí al restaurante que estaba al lado del templo, すみよし食堂. La experiencia fue malísima. Entré y una mujer se asomó desde la cocina, pero pasó de mí y se volvió para dentro. De vez en cuando se asomaba y volvía a esconderse. Después de ignorarme allí durante diez minutos, decidí sentarme en la barra. Entonces salió muy enfadada y dijo airada “Otra extranjera que no se molesta ni en aprender japonés”. Le respondí que sí, que hablaba japonés y que quería comer allí. Los otros clientes se volvieron y se empezaron a reír de la dueña. Así que me soltó que estaba todo lleno. Me volví y sólo había una mesa ocupada y tres clientes en la barra. Le dije que no me importaba esperar en la barra y me dijo que no, que si no tenía reserva que me fuera. Increíble. Los demás clientes le pusieron muy mala cara a la dueña.

Segundo intento, fui a otro restaurante cercano en el que estaban haciendo cosas a la barbacoa. Iba a entrar cuando el camarero me vio desde la ventana, puso mala cara, y me hizo la señal de la equis con los brazos: el no rotundo japonés.

Ya me veía yo comprándome un bol de fideos y haciéndomelos en la habitación, o hinchándome a dulces en la pastelería.  Pero, al final, acabé en un ryokan bastante alejado del centro, al que llegué caminando subiendo una gran cuesta. Entré en el pasillo y escuché la voz de una anciana gritar desde dentro “Irasshaimase”. Le respondí en japonés que si estaba abierto y que si podía comer allí. La anciana me gritó que sí, que entrara. Supongo que porque me estaba gritando desde dentro y no me estaba viendo.

Cuando me vio… se quedó pasmada. Me dijo en japonés que lo sentía, que ella no hablaba nada extranjero. Le sonreí y amablemente le dije que estaba disculpada y que le agradecía mucho que me hubiera dejado entrar en su restaurante y le hice un montón de reverencias. Vi su cara de vergüenza y me invitó a sentarme. A partir de ahí todo fue excepcional. Me dijo que se iba a esforzar todo lo que pudiera en hacerme un buen plato para que me gustase, al igual que yo me había esforzado en aprender su idioma. Me recomendó sus platos y comí muy, muy bien.




Después de comer fui a mi hotel y la anciana de la recepción se alegró mucho de verme. Me dijo que me había dado una habitación mucho mejor y que la acompañase para que me la enseñara. La habitación era preciosa y mi equipaje ya estaba allí esperándome. Descansé, me tomé un té verde y volví a recepción para alquilar un vestido-toalla para poder bañarme en los baños termales mixtos. Los baños de mujeres son solo para mujeres y a ellos se entra desnuda. Pero los baños familiares son mixtos y allí los hombres deben ir desnudos y las mujeres tienen que ir con este atuendo.

Disfruté de los dos tipos de rotenburo, descansé otro poco y me fui a dar una vuelta al pueblo por la noche, con mi yukata puesto. El hotel deja a los clientes esta especie de kimono de verano para que se vistan con él durante su estancia y estén cómodos. También había un bolso de regalo preparado para que metas las toallas en él y vayas a los baños, o te lo lleves a la calle cuando vayas a comprar recuerdos.

Cuando iba a salir, llamaron a la puerta. Eran dos ancianos del hotel que venían a hacer la cama. Me sorprendió, pero así fue. Apartaron la mesa y las sillas, sacaron el futón del armario, lo armaron y me mulleron la almohada y todo.

El pueblo de noche cobraba un aspecto único. Todo iluminado, estaba precioso. Visité su pequeño templo, compré algo de comida en una tienda de omiyages que estaba abierta a esas horas y varios souvenirs y me fui al hotel a cenar. 




La cocina Kaiseki no es mi fuerte, por eso no la reservé en el hotel. Y como no tenía más ganas de investigar más locales para cenar, acabé comiendo en la habitación lo que me había comprado.

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