Día 8 – Segundo día en el Centro de Conservación Nacional de Elefantes de Sayaboury (Laos)

Nos levantamos tempranito, con toda la ilusión del mundo, para aprovechar bien el día. Levantarse y encontrarse con estas vistas desde el porche, es una experiencia única.




Después de una ducha y de recoger todo nuestro equipaje, para dejarlo todo listo, fuimos a desayunar a la zona común. Pan con mermelada, huevos revueltos, café, té… todo listo para comenzar nuestro segundo día entre elefantes.

Para abrir boca nos dirigimos hacia el embarcadero para tomar una barquita estrechísima, en la que nos montamos seis personas. Estabas tan cerca del agua, y se tambaleaba tanto… Me gustó. En ella fuimos hacia un observatorio para ver uno de los milagros del centro de Sayabouri: una de las crías que están consiguiendo que nazcan aquí.


Vino acompañada de su madre y de su mahout. El vínculo entre el mahout y su elefante llega a ser tan fuerte que, cuando el mahout se muere, el elefante se pone triste y llora… increíble.

La cría estaba poco participativa porque no le gustaba la llovizna que estaba cayendo y sólo quería estar con su madre, escondiéndose debajo de sus piernas. Cuando llegó el momento del baño, gruñía porque quería irse al bosque. Y eso que nos dijeron que le encantaba el agua, nadar, bucear y jugar en el lago. Aun así, fue maravilloso.






Después de hacer cientos de fotos y de disfrutar en silencio de esos preciosos momentos, cogimos de nuevo la barquita para volver al centro y juntarnos con el resto de visitantes. La siguiente parada fue para encontrarnos, de nuevo, con los elefantes y aprender hoy unas lecciones básicas de cómo guiar a uno de ellos. Ve hacia delante, párate, gira a la derecha, agáchate para que me pueda bajar… El elefante sabía perfectamente lo que tenía que hacer al escuchar nuestras indicaciones y las de su mahout.








Una vez saciados de los paseos (que es lo que más nos gustó a todos), pudimos estar más tiempo con ellos acariciándolos y dándoles de comer.


Al rato llegó una voluntaria neozelandesa que se encargó de enseñarnos el hospital y de explicarnos las actuaciones que llevaban a cabo allí. Vimos cómo les limpiaban las pezuñas, cómo los medían… y acabamos delante de un gigantesco esqueleto para ver cómo eran sus huesos.


Desgraciadamente, tuvimos que volver al porche a tomar nuestra última comida allí y coger la furgoneta que habíamos alquilado entre la familia catalana, una pareja de suizos y nosotros. Nos salió tan barato como si hubiéramos cogido el autobús, porque repartimos los gastos entre todos. Y sin el apuro de que te pudiera tocar viajar en el pasillo del autobús (en taburete de plástico o en el suelo).


Mi visita a Laos no hubiera tenido sentido si no hubiera venido aquí. Fueron tan sólo dos días y me arrepiento de no haberme podido quedar más. Aprendí tanto y vi tantos paisajes salvajes, que lo echo de menos. Es como si me llamara para que volviera pronto, sobre todo cuando me levanto y está lloviznando. Entonces me acuerdo de mi elefante y sonrío. 

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