Mi visita a Cabárceno, cuestión de mala suerte...



Llevaba años queriendo visitar Cabárceno, una enorme extensión de tierra cántabra, de 750 hectáreas, en la que conviven decenas de especies de animales. Sin duda, es uno de los imprescindibles de Cantabria.

La visita se hace en coche propio o en bici, andando es imposible debido a su extensión. No sólo es bonito el parque por sus animales, sino por el sitio en el que está: todo rodeado de impresionantes paisajes de los que disfrutar desde los miradores, así como también desde los viajes en teleférico que vienen incluidos en la entrada. 



Mi primera decepción fue a la entrada. La había comprado por internet y tuve que esperar más de 40 minutos para poder entrar en el parque. Y eso que fui recién abierto. La cola de coches era interminable, todos arrancados, allí contaminando. Debería haber otro sistema para gestionar el tema de las colas que ayude al medioambiente. No así.

La segunda decepción vino de mano del público asistente. Las normas están claras y a la vista de todos. Pero, al menos cuando yo fui, la gente se las saltaba a la torera y no parecía tener consecuencias.

En el parque no se puede ir a más de 20 km/h: vi a coches ir a muuuucho más de eso, incluso delante del personal de allí, y conduciendo como les daba la gana. De hecho, al  ir andando a uno de los miradores (yo había dejado el coche en el parking del mirador), estuvieron a punto de pillarme unos que venían en dirección contraria.

Los miradores tienen parkings habilitados en los que se supone que se tiene que dejar el coche, para acercarse andando a los animales y, así (entiendo yo) molestarles lo mínimo posible. Pues no, la gente aparcaba donde les daba la gana, para andar lo mínimo indispensable. Si podía ser, cuanto más cerca de los animales, mejor.

En los tiempos que corren, pensaba que ya habíamos superado lo de “No dar de comer a los animales”. Pues tampoco. Una de las veces, que ya estaba yo súper alterada con esto, me encaré con una madre que instaba a su hija de cinco o seis años a darle de comer gusanitos a las cebras. Se los ponía en la mano para que ella se acercase a los animales a través de la verja. Y todo para hacerle una foto. 


Lo de no molestar a los animales, tampoco parece que esté superado. Gritos a mansalva, tirar piedras para llamar su atención, intentar asustarlos… Normalmente era gente intentando hacerse fotos con ellos y niños maleducados de los que sus padres pasaban o se reían de la hazaña.

En fin, quiero pensar que sólo fue el día que fui yo y que tuve esa mala suerte. Fuera de eso, Cabárceno, sus animales y su paisaje merecen la pena. Pero, por favor, si vais respetad a los animales y a su entorno, que son lo mejor que tiene el parque. Aunque no vendría de más aumentar la vigilancia en el parque, que ya estaban hartos también los pobres de echar broncas. 







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