Mi primera visita a un restaurante chino chino

Mi primer restaurante en Pekín me dio mucho que pensar. Decidí probar uno de los locales que se encuentran a lo largo de la Bei Chang Jie, en la parte exterior izquierda de la Ciudad Prohibida.

La calle estaba llena de estos locales, con chinos voceando en las puertas para atraer al personal. Después de mucho mirar, entré en el que más gente tenía y… aquí aprendí varias cosas, entre ellas: nunca mirar la cocina de un restaurante chino.

El local lo regentaba una chica que era la que atraía al personal a voces desde la puerta. Cuando nos vio empezó a decir algunas cosas en inglés, con lo que supuse que algo sabría: primer error. Más allá del Hallo (nunca dicen Hello) y cold beer, nada de nada. 

Dentro había dos hombres que no paraban de fumar y que eran los que servían las mesas. Se asombraron al ver a occidentales y, al estar el local lleno, me pusieron en su mesa, justo a la entrada de la cocina (sin puerta). En la mesa estaba su cerveza, su móvil, sus cacharros…No pasa nada, lo apartas un poquito y ya está.

Desde nuestra mesa obviamente veía la cocina con todo detalle, ¡si estábamos en ella! En la cocina había una china “lavando” cacharros, y un chino muy joven haciendo la comida.

En este restaurante aprendí bastantes cosas que luego se repetirían en muchos a los que fuimos:
  • Aunque en la puerta digan que hablan inglés, luego es mentira.
  • En la mesa mejor no apoyarse, te quedas pegado y luego parece que te estés haciendo la cera cuando intentas despegarte (esto nos pasó en la gran mayoría de restaurantes).
  • La mierda de los azulejos de la cocina es un elemento decorativo y parece que cuanta más haya más caché le da al sitio y más solera.
  • En este restaurante, cuya cocina vi más en profundidad, se lavan los platos con la mano. Nada de estropajos, ¿pa qué? Es mucho mejor echarse un poco de detergente en la mano y darle un poquito. Así se explica por qué muchos platos tienen ese color amarillento, que parece que es de la comida anterior… sí, confirmado, es de las comidas anteriores, porque no restriegan.
  • ¿Que tenemos que secarnos las manos…? Nada mejor que usar una cortina.
  • Los noodles los hacía el chino en un fregadero y los ponía en los platos con las manos… Luego, él se encargaba de llevarlos a las mesas.
  • ¿Que como hemos cogido la comida con las manos para servirla si resulta que ahora tenemos las manos sucias?  Pues… ¿Qué mejor que la cortina donde también nos secamos las manos? Y así hemos inventado una cortina-toalla-trapo.
Para pagar fue un poema porque no me entendían. Ya de por sí era la atracción del local y la gente se levantaba para vernos. Pero cuando los camareros empezaron a reírse porque no se enteraban ni papa, la situación se volvió mucho más curiosa y más gente me miraba.

Tan difícil no era. Mira: dinero. ¿Será para pagar? Pues nada, que no se enteraban. El primer camarero llamó al segundo y el segundo llamó a la chica de la puerta, que les armó una gran bronca a voces por haberla llamado y, después de un gran esfuerzo, comprendió que quería pagar.

Una cosa: pedí dumplings y noodles. Y… sorprendentemente, no estuvieron nada malos. Será que la roña les daba saborcillo.

Si es que cuando el hambre aprieta… 


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