Día 10: Rusia - Nuestro primer día visitando Irkutsk


Al principio, nuestro primer día en Irkutsk nos dejó bastante mal sabor de boca. El jet lag, la falta de sueño y la mala suerte al elegir las calles por donde paseábamos nos hacía preguntarnos una y otra vez el porqué de ser llamada la París de Siberia


A poco que te desvíes un poquito del centro histórico, ya tienes calles y casas hechas polvo y jaurías de perros abandonados peleándose en los callejones. Seguíamos sin entender cómo esto era Patrimonio de la Humanidad.


Nuestro paseo nos llevó al Boulevard Gagarin, un remanso de calma en comparación con lo que habíamos visto hasta entonces. Allí hay un gran paseo junto al río que tiene su centro en la estatua de Alejandro III. Había buen ambiente, gente paseando, niños jugando, quioscos de helados haciendo su agosto con muchísimos chinos comprando y agotando sus productos...



En la otra orilla vimos pasar un tren. ¿Sería el mítico Transiberiano?


Seguimos andando por el paseo hasta llegar a un gran puente que atravesamos para visitar Konny Island. Allí había una bonita estatua de las focas del Baikal. Nos recordó cuánto ansiábamos verlas, pero nunca lo conseguimos.


En Konny Island había una zona de playa salvaje, donde había algunos atrevidos pegándose un remojón en el río, varios quioscos, un restaurante, una ginkana para niños y, al final de paseo, un trenecito que recorría una parte de la isla. No había mucha gente paseando por allí, pero era bonito. Aunque luego nos dijeron que era un sitio bastante peligroso para andar cuando oscurecía. 




Nuestro siguiente camino nos llevó a la Avenida Lenin y, como teníamos ya bastante hambre, entramos a Pizza Domino, un sitio que venía recomendado en nuestra Lonely Planet. La verdad es que fue un fracaso. Se trataba de una pizzería en la que no entendían ni papa de inglés y en la que todo estaba en el mostrador y, cuando pedías, lo recalentaban en el microondas. Hasta las patatas fritas. Comimos lo justo y nos fuimos.


Siguiendo la Avenida Lenin hacia arriba, llegamos al Arbat. Nos llamó mucho la atención el gentío que salía de allí, así que entramos en el llamado Distrito 130, unas callecillas peatonales con edificios que imitan la arquitectura tradicional siberiana de madera pero que, en realidad, tienen muy pocos años. Las calles están llenas de restaurantes, pubs, tiendas de souvenirs, puestos de helados, músicos callejeros, un planetario... Cuando se acerca la hora de la comida, sale un dragón del restaurante chino animando a la gente. A la entrada, da la bienvenida un Babr, la figura mitológica (mitad tigre de Siberia, mitad castor) que aparece en el escudo de la ciudad. 





Al final de todo hay un enorme centro comercial de varias plantas. Con servicios gratuitos y aire acondicionado que nos vinieron muy bien para los 40º que hacía en Irkutsk a las 15'00 h. En la planta baja había un gran supermercado en el que encontramos un montón de productos típicos de Siberia a muy buen precio. En la primera planta había tiendas de ropa y algún restaurante y, en la última planta, sólo había restaurantes. Estaba prohibido beber alcohol en esa planta. Lo más llamativo que vimos fue un bocadillo-gofre.


Después de descansar, cruzamos el paso de peatones que hay al principio del distrito para visitar la Iglesia de la Santa Cruz (Krestovozdvizhensky). Ésta es una magnífica muestra de barroco siberiano y tenía un bonito jardín fuera. La entrada era gratuita.


Toda esa calle hacia adelante, encontramos un gran parque con un cartel a la entrada que ponía Cementerio de Jerusalén. El parque estaba hecho polvo: el suelo estaba agrietado, los setos y los árboles hacía siglos que no se podaban, y los borrachos campaban a sus anchas. De vez en cuando, un coche de policía hacía su ronda apareciendo por los caminos de tierra. No tranquilizaba mucho que un parque no muy grande tuviera que estar tan vigilado por los agentes rusos. Parque arriba, parque abajo. En uno de los laterales, vimos la Iglesia de Jerusalén. También estaba bastante deteriorada y no se podía ni cruzar la verja. Con lo bonita que salía en las fotos publicitarias que habíamos visto de Irkutsk, no se parecía en nada...




Conforme nos fuimos acercando a la salida del parque, empezamos a sentir un olor intenso y asqueroso. Al principio no supimos de dónde venía, luego nos dimos cuenta que salía de un pequeño edificio que decía ser zoo. Daba un aspecto tan triste, que no nos quitamos de la cabeza la imagen de los pobres animales que habría allí enjaulados. 

Justo al lado del zoo estaba el Teatro de Marionetas, con espectáculos para niños y también para mayores. Parece ser que a los rusos les encantan las obras de marionetas, porque vimos muchos teatros con obras para mayores de edad en muchos sitios. No nos paramos mucho allí. Un "pintas" no paraba de rondarnos y decidimos dejar el parque a un lado e ir en busca de los siguientes dos edificios que teníamos en mente visitar: la mezquita y la sinagoga. 


Como ya estaba anocheciendo y, con lo poco que habíamos comido, ya teníamos hambre. Volvimos sobre nuestros pasos para comer en la esquina que daba a la entrada al Distrito 130. Allí habíamos visto un restaurante tranquilo, barato y que contaba con todas las delicias rusas que queríamos degustar. Fue un éxito y nuestro sitio de referencia desde entonces para comer en Irkutsk. 



Andar por las calles de esta ciudad por la noche de vuelta al hotel no es muy placentero, os lo aseguro. Los perros callejeros no paraban de aparecer cuando dejábamos a un lado algún descampado y, otras veces, eran gente borracha de dudosa pinta la que nos seguía. 


Sanos y salvos llegamos a nuestro hotel con una impresión de Irkutsk un poco mejor que la que teníamos al principio, pero tampoco mucho mejor. El espejismo de Distrito 130 no se correspondía con lo demás que habíamos visto hasta ahora. Tendríamos que esperar hasta nuestra vuelta a la ciudad desde Olkhon Island, para descubrir la belleza de la Línea Verde. 










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