Día 11: Rusia – Visitando el polvoriento Khuzir en la Isla de Olkhon (Baikal)


Khuzir es un asentamiento muy pequeñito, con poco que hacer más allá de ser el punto de partida para realizar rutas por la isla. Empecé a andar por los caminos de tierra que son sus calles con mi mochila a cuestas.

El pueblo tiene un museo, una pequeña iglesia, varios supermercados, tiendas de souvenirs y muchísimos restaurantes. Hasta hay un puesto de reparto de comida a domicilio (increíble en un pueblo de cuatro calles).





Llama la atención que no tuvieran teléfono, radio, ni internet hasta hace muy poco. En el 2005 les llegó todo a la vez. Sin embargo, aún no tienen red eléctrica, ni un sistema de alcantarillado, ni de recogida de basura eficiente. Las casas se nutren de sus propios generadores, almacenamientos del agua de la lluvia y pozos ciegos para los aseos. En el Centro de Vacunación Internacional de Madrid me dijeron que, por eso mismo, no me fiara de tomar nada de verdura que fuera producido allí. Por lo dudoso del riego con agua adecuada. Al final me vería obligada a saltarme esa norma.




Debido a mi desafortunado viaje hasta Khuzhir, llevaba sin comer en condiciones todo el día. Así que me paré en el café que estaba más lleno de todo el pueblo: Dalai. Un joven chino atendía las mesas con calma (en Khuzhir todo se hace con mucha calma). Sabía hablar inglés perfectamente y, además, tenían una carta para extranjeros. Fue una muy buena elección y me hinché a comer por muy poco dinero.


Continué mi camino entre vacas y polvo y visité la iglesia por fuera y su pequeño museo. Hice un alto en varias tiendas para comprar souvenirs y en todas ellas me aceptaron la tarjeta de crédito. Hasta vi una competición infantil de boxeo.



Dejando atrás las casas, llegué al Cabo Burhan, uno de los nueve lugares sagrados de Asia. En lo alto hay unos lazos chamánicos que anuncian el lugar. Según una antigua leyenda buriata, los hijos del Dios Tengris, bajaron desde el cielo para juzgar los actos de los humanos. El mayor y el más fuerte de ellos, Han Khute-baaby, eligió la cueva que hay en este cabo para vivir. Durante mucho tiempo, no se le permitió a nadie que no fuera chamán entrar a la cueva. Ésta mide 12 metros de largo y 3-4 de ancho. Allí se siguen celebrando rituales sagrados.



Por un sendero pequeño, accedí a la cala del cabo y estuve haciendo unas cuantas fotos.

Al otro lado del cabo, por otro sendero, caminé hacia la playa de Saraisky Bay. En ella había muchos valientes bañándose, porque estaba bastante fría, y varias tiendas de campaña. A pesar de que había carteles instando a ser respetuosos con la naturaleza y hay tantas personas que van a Olkhon en busca de espiritualidad, cerdos hay en todas partes, y aquí no faltaba basura arrinconada entre las piedras.



En mitad de la playa encontré algunos remolques con chimenea que resultaron ser banyas, saunas improvisadas, en las que podías entrar previo pago. La gracia estaba en entrar un rato y salir corriendo acalorado a bañarte en las frías aguas del Baikal. Curioso.



Después de un largo y tranquilo paseo por la playa, disfrutando del agua y de la vegetación próxima a la playa, volví a Khuzhir.

Allí visité el supermercado más grande del pueblo. En él podías encontrar de todo y a un precio irrisorio. Chucherías, dulces, alcohol, té, noodles… Y aceptaban tarjeta de crédito. Hasta ahora había oído que en Khuzhir no la aceptaban en ningún sitio y que tampoco había bancos, ni cajeros. Lo último es cierto, pero lo primero no. Me la aceptaron en los restaurantes, supermercados y tiendas de souvenirs.


Me sorprendió lo bien vigilado que estaba Khuzhir por la noche. No paraba de dar vueltas un coche policía y, cada poco tiempo, paraba a los conductores para pedirles la documentación.



En mitad de la calle en la que estaba el supermercado, vi un montón de gente agolpada y escuché música. Me acerqué y resultó ser un concierto de música tradicional buriata. Los músicos estaban tocando y cantando en la terraza de un restaurante, pero para toda la calle. No hacía falta consumir nada. Luego me contaron que en verano tocan casi todas las noches, sobre todo en fin de semana. Fue una curiosa sorpresa.



Pasé por delante de un local extraño, oscuro y en el que se veía gente acostada en cojines como si tuvieran la cogorza de su vida, y en el que anunciaban sishas en la puerta, y busqué otro restaurante para comerme otro cheburek, muy típico de la zona. Así terminó mi primer día en Olkhon, después de la odisea que había vivido hasta llegar allí.




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