Día 4: Corea – Visitando el Centro Histórico de Gyeongju



Por la mañana temprano fui a la estación de trenes de Seúl y allí cogí el KTX hasta Gyeongju. El billete lo había comprado un mes antes a través de la página de Korail, por lo que no tuve ni que canjearlo. El tren estaba limpísimo y se parecía mucho a los españoles. Además, el wifi gratis funcionó perfectamente durante todo el trayecto y contaba con enchufes para cargar el móvil.

A las dos horas llegué a la estación de Singyeongju. Es un asco porque el KTX para aquí y no en la estación de Gyeongju, así que hay que salvar los 20 minutos que hay hasta llegar al centro, cogiendo un taxi o un autobús. En la Oficina de Turismo de la estación cogí un mapa y me informaron de dónde se cogía el bus al centro, el número 700.


Me bajé en la parada que creía que era más conveniente para ir a mi hotel y empecé a dar vueltas y más vueltas andando y cargada con la mochila. Los campos se sucedían y allí no aparecían más que casas en ruinas. A final resultó que el hotel no estaba en la dirección que aparecía en Google Maps y que si lo buscabas en un GPS Coreano o en el Naver metiendo el nombre en coreano, salía otra ubicación. Agotada, con el calor húmedo del mediodía en Corea en agosto, llegué al Serroa Guesthouse. Un hanok renovado, en el que había reservado una habitación con baño y cocina. El suelo, muy duro. Pero lo demás estuvo bien.

Después de ducharme y descansar un poco al fresquito del aire acondicionado, empecé a patearme el centro histórico de Gyeongju.

Gyeongju es conocida como el Museo sin paredes. Es el lugar con más tumbas, templos, pagodas… de toda Corea del Sur. En el año 57 a. C., al mismo tiempo que Julio César se apoderaba de la Galia, Gyeongju se convertía en la capital del reino de Silla, llegando en el siglo VII a ser la capital de toda la península coreana. Fruto de todo este esplendor hoy podemos ver muchos monumentos importantes en el centro de Gyeongju, en la vecina montaña de Namsan y en los alrededores, llegando su influencia incluso hasta el mar, en Gampo.

El hotel estaba a unos escasos 10 minutos del primero de los famosos monumentos de la ciudad: el Observatorio Astronómico. Para llegar a él, basta con cruzar la gran avenida y entrar al Parque de los túmulos (Tumuli gongwon), en el que se encuentran más de 23 tumbas de la familia real de Shilla. Por fuera parecen colinas, pero por dentro albergaban los restos fúnebres y tesoros (no se puede entrar en ellas).


A la entrada del parque hay un puesto de información turística en el que puedes coger un plano lleno de huecos donde poner los sellos de los monumentos que vayas visitando en Gyeongju, a modo de colección. También te puedes alquilar uno de los vehículos con forma de gusanos y otros bichos para recorrer el parque. Hay tanta afluencia de ellos, que resultan muy molestos.

El Observatorio Astronómico de Cheomseongdae fue construido en la época de la Reina Seondeok de Silla, en el siglo VII, siendo el observatorio astronómico más antiguo del este de Asia. Su forma de botella lo hacen muy característico.


Siguiendo el camino del parque y esquivando a todos los escarabajos con ruedas, llegué a otro gran parque lleno de flores. Estaba impresionante. Es un lugar muy especial, donde van los novios a hacerse fotos.


Un poco más adelante, subiendo una pequeña colina, aparecieron los restos de la Fortaleza de Wolseong. El lugar donde se alzaba el palacio real de la dinastía Silla es hoy un yacimiento arqueológico que sigue en excavación y estudio. Del palacio sólo quedan un nevero, partes de la muralla y un estanque (Haeja).



Mientras paseaba, me sorprendió un extraño ruido en el suelo, justo a mi lado. He aquí la culpable:


No puedes olvidar que Gyeongju está rodeada de naturaleza, lo que quiere decir: bichos. Así que iba de Goibi hasta las orejas, para evitar a los mosquitos.

Bajando de nuevo la colina, atravesé el Bosque de Gyerim.  Según la leyenda, un hombre que paseaba por este bosque fue sorprendido por el sonido de un gallo. Fue en su busca, pero, en su lugar, encontró una canasta de oro que contenía un bebé. Este hecho llegó a oídos del rey Talhae, quien le puso el nombre de Gim Al-ji, que derivó en Gyerim. 

Al final del bosque se encuentra el Gyochon Hanok Village. Ubicado donde estaba el palacio de la princesa Yoseok, hoy es un poblado ampliamente dedicado al turismo. Está lleno de casas tradicionales coreanas (hanok), restaurantes, cafeterías, talleres… y también una de las atracciones más raras que he visto en Corea, me dio grima. Eran una especie de robots con forma de ratones, que llevaban a los niños paseando. Parecía que estuvieran caminando. 


Saliendo del parque, volví a la avenida principal a comer en uno de sus puestos y a comprar el dulce más típico que tiene Gyeongju: los Hwangnam ppang, unos bollitos rellenos de pasta de judías rojas (anko: pasta dulce de judías de arroz). Se venden en cajas o en bolsas de, mínimo seis.


Después de descansar otro poco en el hotel, me dediqué a visitar la zona que, para mí, fue la más bonita de Gyeongju: el lago Anapji. 

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