Días 20 y 21: Rusia - Volando de Kamchatka a San Petersburgo - Una pesadilla


Nos costó mucho encontrar un vuelo de vuelta que se adaptara a nuestro plan de viaje. Al final, lo contratamos a través de la página web Viajar.com. Conseguimos un vuelo que salía de Petropavlovsk a las 11'55 con S7, operado por Globus y llegaba a Novosibirsk a las 13'55. Allí hacíamos una escala de 7 horas, en las que pensábamos visitar el centro de la ciudad, y cogíamos otro vuelo a las 20'55 para llegar a San Petersburgo a las 21'35. Teniendo en cuenta todos los husos horarios que íbamos a atravesar, nuestro cuerpo se resentiría con las horas. 

El precio de los dos billetes fue de 755€, pero sin equipaje. El equipaje lo tuvimos que gestionar aparte y nos cobraron otros 50€ más. 

La cosa ya pintaba mal. Llegamos puntuales al aeropuerto, nos marearon con el equipaje, pagamos la tasa de las maletas y pasamos el check in. Allí nadie hablaba inglés y los anuncios de radio estaban todo en ruso. Se acercaba la hora de nuestro vuelo y allí no había movimiento. 

Un señor vio nuestro pasaporte y empezó a chapurrear algo de inglés y español porque le gustaba mucho veranear en la Costa Brava, aunque ya les habían puesto tantas trabas para viajar a Europa que llevaba varios años sin poder ir. Nos informó de que nuestro vuelo se había retrasado. Nos dijo que no nos preocupáramos, que eso era lo más normal en Kamchatka y que, seguramente, no nos enteraríamos nunca del motivo porque no lo solían decir.

Allí nos quedamos esperando. Mientras tanto, los rusos no perdían el tiempo: iban y venían cargados de bebida, llenando el único bar que había en la sala. Estuvimos esperando tres horas. Imaginaos cómo estaban ya los rusos de tanto beber. Había gente en la cola para entrar en el avión que no se podía sostener. 

Hace años que las aerolíneas rusas prohibieron beber alcohol en sus vuelos, por el mal comportamiento de los viajeros borrachos. ¡Cuánta razón tenían! Estaba prohibido beber durante, pero no antes.

Ha sido el peor vuelo que he cogido en mi vida, con diferencia. El señor que me tocó a mi lado, un gordo que no cabía en su asiento, no paraba de echarse encima mía. Cada dos por tres, se agachaba y hacía cosas raras tapándose la cara con una bolsa. Por el ruido que hizo una de las veces, me di cuenta que en los bolsillos interiores de la chaqueta llevaba varios botellines de cerveza y que se los estaba bebiendo poco a poco. Lo del bar le debía haber sabido a poco. Tuve que cambiarme de asiento con mi pareja porque el toqueteo era ya impresentable y, por más que le decía que me dejara, él ni se inmutaba. Nos quejamos a la azafata, pero la pobre estaba peor que yo. Hasta le tocaban el culo mientras andaba por el pasillo. Y, para colmo, no cabíamos en el asiento ni nosotros. Así de encorsetados íbamos:


Con tanto beber, la cola del baño no paró en todo el viaje. La gente bebida y levantada en un avión es un peligro, lo juro. No paraban de vomitar y el olor era insoportable. Uno de ellos se mareó y se cayó en redondo en el pasillo. La azafata lo tuvo que levantar y llevar a su asiento para que se durmiera. Otro se echó la comida por lo alto, en plan cascada, y puso al de al lado lleno de espaguetis. Casi se lían a hostias, pero ninguno de los dos atinaba a pronunciar algo inteligible... Un desastre. Las horas de vuelo se me hicieron interminables. Cuando aterrizamos, tuvieron que ir despertando uno a uno a la mitad del avión, porque estaban durmiendo la mona.



Por culpa de los retrasos, llegamos muy tarde a Novosibirsk y no nos atrevimos a bajar al centro por miedo a perder el avión. Estuvimos unas cuantas horas en el aeropuerto y cogimos el vuelo a San Petersburgo. Esta vez mucho más calmados y cómodos. 

Compártelo

Entradas relacionadas