Día 17 – Un día en el Delta del Mekong. ¡Pobres caballos!

Nuestra última visita la íbamos a dedicar al Delta del Mekong. Era una pena que no tuviéramos más tiempo para poder estar allí dos días, al menos, pero no queríamos perdernos la oportunidad de ir, aunque fuera un solo día.

La mejor manera de visitar el Delta es contratando una agencia. Ir por tu cuenta exige depender de las estaciones de autobuses, y los horarios y los tickets son un jaleo; o ir en coche privado con conductor.


Nuestra excursión la contratamos en la misma agencia que habíamos estado durante nuestro primer día en Ho Chi Minh. Como nos había ido muy bien con la salida hacia Cu Chi, decidimos probar suerte con ellos otra vez.

Estaba en la zona mochilera de Pham Ngu Lao, muy cerca de Ben Tanh Market. Se llamaba Gnocc Mai y está en el número 169, en frente de un gran parque. Nos costó 190.000 VND por persona, con comida incluida.

La salida era a las 8’00 pero, como ya estábamos acostumbrados, acabamos saliendo a las 9 y pico. Mientras tanto, nos entretuvimos con este vendedor que bailaba a la vez que cogía el dinero que le daban por comprar uno de los dulces que tenía en la cabeza. Un fenómeno, el tío.


Nuestra primera parada fue a una rest room sin mucho sentido. Allí vimos un taller venido a menos, en el que unos vietnamitas hacía pinturas lacadas. No estaban trabajando, pero hacían como si lo estuvieran. Se notaba un montón el circo. Al final del taller había una tienda pequeña de porcelana y pinturas.

De vuelta al autobús nuestro guía nos fue contando lo que íbamos a ver a lo largo de la excursión. No era Jimmy Jo, que tenía más gracia e incluso se acordó  de nosotros cuando nos vio de nuevo en la agencia y ya habían pasado dos semanas desde nuestra excursión a Cu Chi. Este guía era más sieso.

La entrada al Mekong Delta la hicimos por My Tho, la capital de la provincia de Tien Giang, tres horas más tarde. De la ciudad no vimos nada. Sólo nos paramos en su maravilloso templo: la Pagoda de Vinh Trang, que tiene enormes estatuas de Buda. Dentro vimos cómo rezaban algunos monjes, incluso nos invitaron a pasar a la sala de oraciones. Y, también, cómo eran llamados para el almuerzo.

Subimos otra vez al autobús para bajarnos al poco tiempo y montarnos en un barco en el que daríamos una vuelta por el Mekong. El barco nos dejó en Unicorn  Island. Allí nos recibieron en un restaurante para contarnos las lindezas de los productos que realizaban con la miel que sacaban de sus abejas. Nos dieron té y frutas, y nos dejaron coger un panal y conocer a una gran serpiente. Luego, sutilmente, nos invitaron a que compráramos cremas, té y caramelos hechos con miel.



El barco nos llevó a otra parte de la isla. Olía fatal. Era la el taller de caramelos de coco. Y lo que olíamos era a cocos podridos que tiraban al suelo. Cuando nos acostumbramos al olor, probamos unos cuantos caramelos y compramos una bolsa por 1€. El proceso de fabricación, más artesanal imposible.




Nuestra siguiente parada fue para comer en un restaurante en un entorno ideal. Todo lleno de palmeras, plantas, rodeados de canales… El paisaje me encantó, incluso pudimos ver al saltarín del fango, que pueden respirar fuera del agua. Mientras los demás iban terminando de comer, podías coger una bici para darte una vuelta por el lugar.



La peor parte vino justo después. No le gustó a ninguno de los occidentales que hizo la excursión con nosotros. En Ben Tre el guía nos dijo que íbamos a dar un paseo en caballo. Hasta ahí bien. Pero cuando vimos a los pobres caballos, se nos cayó el mundo encima. Estaban en unas condiciones pésimas. Escuálidos y maltratados. No paraban de golpearles con el látigo para que tiraran de unos carros abarrotados de turistas. Parecía que iban a desfallecer.


El guía nos dijo que teníamos que subirnos porque íbamos retrasados y nos estaban esperando al otro lado del camino. Todos insistimos en ir andando, pero nos dejó. Aun así, manifestamos nuestro malestar y así lo dejamos patente cuando volvimos a la agencia.

Al bajarnos de los carros, nos estaban esperando unas barquitas encantadoras para dar un paseo por los canales. A mí fue lo que más me gustó. Estaba todo en silencio, parecíamos exploradores. Además, para causar esa sensación mágica, las barcas iban muy alejadas las unas de las otras.





La última atracción fue en un escenario. Allí, los habitantes de la aldea nos cantaron unas piezas tradicionales mientras comíamos fruta. Al final del concierto pasaron unas cestas para dejarles propina. Y se la merecieron, aunque sólo fuera por el esfuerzo de los músicos, con esa edad…




La visita, en general, no estuvo mal por el paisaje. Pudimos aprender cómo vive esta gente en el Delta, qué trabajos artesanales siguen haciendo, montarnos en barco de motor por el Mekong y en barquita silenciosa por los canales, conocer su música tradicional… Si no hubiera sido por lo de los caballos, todos nos hubiéramos ido tan contentos. 

Por favor, si hacéis esta excursión, preguntad en la agencia por el paseo en caballo y decid que no lo queréis hacer. Que se lo ahorren, con tal de no ver esos ojitos sufriendo mientras ven caer el látigo una y otra vez. 


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