Un día en Códoba (III): de tapas y flamenquines en Los Hermanos Bonillo

Era la hora de tomar el aperitivo y así lo hicimos, nos dirigimos a un bar cerca del Alcázar cuyo nombre no recuerdo y pedimos una caña, sin esperarlo nos pusieron una tapa de migas recién hechas acompañadas de su rábano. Nos supieron a gloria. A la hora de pagar, sorpresa: las dos cañas 2,30 euros, casi regalado.

Ahora fuimos a la parada del autobús 6 en la Avenida del Conde de Vallellano y dirigirnos a un restaurante que me recomendaron y quería comprobar si era cierto lo que me habían dicho de él. Nos bajamos en la parada de la Calle de Sagunto y, como todavía era temprano, vimos otro bar y allí nos metimos a saborear un vino de la tierra, era un bar de barrio, muy bien atendidos, dos copas de vino de la tierra con tapa de aceitunas 2 euros. No se puede pedir más.

6€ vale el plato ¡Impresionante!
Ya si era hora de echarle al cuerpo algo más sólido. En la misma calle de Sagunto es donde está el restaurante que me recomendaron. Se llama Hermanos Bonillo, tiene mesas en la terraza y en el interior. Nosotros somos más de interior, así que entramos y nos sentamos en una mesa. Como ya estaba advertido, nos dejamos de tapas y pasamos directamente al grano. Nos pedimos una ración de salmorejo y un flamenquín, pensando que si nos quedamos con hambre, pediríamos otra cosa, nos pusieron el salmorejo y, acto seguido, apareció la muchacha que nos atendió con un flamenquín que medía aproximadamente 40 centímetros (para quién no se lo crea aquí está la foto) acompañado de patatas fritas y mayonesa. Cuando lo vimos alucinamos, no nos lo podíamos creer. Hicimos bien en no pedir nada más, pues tras comernos medio, ya no  podíamos más. Como era una pena desperdiciarlo, le pedimos a la camarera papel de aluminio, envolvimos la otra mitad y nos lo llevamos para comerlo luego en casa. El precio: el flamenquín, el salmorejo y seis copas de vino 20 euros. El trato del personal fenomenal. Total, la experiencia impresionante. Lo recomiendo a todos los que visiten ésta maravillosa ciudad.


Como el autobús urbano que nos había llevado había dado muchas vueltas, creíamos que estábamos muy retirados del centro, pero no era así. Empezamos a andar y a los 15 minutos habíamos llegado a la Plaza de la Corredera, siempre interesante pero muy cambiada en relación a mi anterior visita. Cuando fuimos la última vez, hacían allí un mercadillo que tenía un ambiente extraordinario. Ahora estaba restaurada y llena de terrazas de bares, un buen ambiente.

Seguimos nuestro paseo hasta las Tendillas, un lugar emblemático de la ciudad y, desde allí, emprendimos nuestro paseo por la judería, nos la recorrimos de cabo a rabo paseando por sus calles estrechas siempre llenas de gente. Es una delicia andar por allí recordando viejos tiempos y buenos ratos pasados en ellas. La Mezquita no la visitamos ésta vez, pues ya habíamos estado dos o tres veces antes. Paramos en el Mesón de La Luna para tomar un cafelito y ya, nos dirigimos hacia el coche recorriendo otra vez el Paseo de la Ribera hasta llegar al lugar donde habíamos dejado el vehículo que estaba intacto, mereció la pena darle el Euro al "gorrilla". En hora y media ya estábamos en casa con la satisfacción de haber pasado una muy buena jornada y con la idea de volver otra vez.


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